Soriano
Viale - Viale Soriano:
diferentes
pero parecidos...
(Publidada
en “Dionisio”,
Diciembre
2001)
¿Porqué me atrevo a escribir
estas líneas? ¿Porqué meterme en un tema que únicamente puedo tocar de
oído, o a lo sumo con pasión de hincha? No, ciertamente, a pedido de
Oliboni, quien generosamente abre las páginas de su revista a mi delirio
prosista. No es por ahí. La verdad es que los extraño. Yo, que como otros
tantos miles de argentinos no tuvimos el raro privilegio de conocerlos
personalmente, pero que sabemos de ellos a través de sus obras, quizá la forma
mas eficaz de trascender a la mismísima Doña Parca, pavada de mérito.
Aunque parezca forzado, o
exagerado, lo cierto es que hay entre ellos, lo veremos, más coincidencias que
diferencias. Los dos conocieron la popularidad hermanados para siempre al muy
argentino mote de “gordo”. Los dos (Viale, Soriano) preservaban detrás de
prolijas barbas su bajo perfil, como
nos gusta decir ahora. Los dos, como gatos huidizos, escapaban a la notoriedad
de los primeros planos y las primeras planas. Lo de ellos era claramente, por
propia elección, muy otra cosa.
Soriano escribía novelas
que eran como películas; narración directa, lenguaje conciso, no simplista,
acción lineal y hacia delante, herencia directa de su primer oficio: el
periodismo. Paradójicamente, esa economía de recursos le valió tanta
desconfianza en su país como reconocimiento fuera de él.
Prueba de ello son las múltiples
traducciones de sus novelas y una fama de la que parecía querer desprenderse
como de una prenda incómoda; no le “iba”. Prefería la soledad de la noche,
o la compañía y el afecto de sus amores mas entrañables: su mujer, su hijo,
sus gatos, un puñado de amigos y los colores de San Lorenzo. Mientras tanto, a
la misma hora y en el mismo país, en círculos culturosos donde la literatura y
el entretenimiento se llevan como perro y gato, su obra enorme, imperfecta y
rotunda, era descalificada y condenada al último palo del gallinero
academicista.
Nadie es profeta en su
tierra.
Argentino, menos que
menos.
Tampoco Viale se las vió muy
bien que digamos cuando en “Chúmbale”, su primera obra “larga” (venía
del skecht) se atrevió a denostar cierto uso convencional del idioma,
incursionando en el terreno de lo que por aquellos días
seguíamos llamando “malas palabras”, como si la mentira
electoralista o las bravuconadas militares de años posteriores no resultaran
infinita, fatalmente peores.
Claro que nada de esto
preocupaba demasiado al ex “gordito” televisivo. A instancias de sus amigos
Ulises Dumont y Julio López se había asomado tímidamente a la dramaturgia a
través del skecht (“la pucha”, “el grito pelado”) y, un poco por el eco
obtenido, pero sobre todo por haberle tomado el gusto al asunto, ya se había
iniciado en un camino sin retorno que en los años siguientes nutriría
singularmente a nuestro teatro y a nuestro cine.
Técnicamente eran, al mismo
tiempo, discutibles e irreprocha-bles. Discutibles para aquellos amantes del
idioma que consideraban a su lenguaje pobre y limitado. Irreprochables para los
que preferimos la síntesis y la difícil condensación de la palabra precisa en
el momento justo, sea “buena” o no tanto...
Tengo para mí que, mas allá de
insufribles polémicas, nos retrataron y desenmascararon a quemarropa, haciéndonos
caer en la trampa de reírnos de nosotros mismos. Viale, metiéndose en la piel
de una clase no tan media como mediocre, y Soriano, apiadándose hasta donde el
corazón le daba de sus perdedores natos y sus canallas de poca monta, sin por
ello descuidar a los asesinos y cómplices de asesinos que atraviesan y tiñen
de rojo algunas de sus tramas.
Y si es cierto que las
novelas de Soriano se podían contar como películas (cuatro de ellas cumplieron
ese destino), el teatro de Viale se nutrió de técnicas cinematográficas como
el raconto y la fragmentación para transitar, a su manera, similares zonas de
la miseria argentina.
Coincidencia en la diferencia;
Soriano escribía novelas-films, Viale se valía de “largos relatos
estructurados como novelas”, como primer paso para sus guiones teatrales o
cinematográficos.
No resulta casual
entonces que el séptimo arte, ese tembladeral donde los estancamientos y las
faltas de ritmo pagan el duro precio del desinterés o el bostezo, los haya
convocado una y otra vez. Ambos eran, ante todo, campeones en el arte de contar,
y poseedores de una herramienta privilegiada, el lenguaje. El mágico lenguaje
de quien sabe llegar a buen puerto antes y mejor. Conocían, como quien dice, el
mapa y el terreno. Por eso sus historias, y su maravillosa forma de hacerlas
creer, dejaron lugares vacantes que ningún alquimista
de la teoría ni del signismo podrán ocupar. Lo de ellos era, reitero, muy otra
cosa.
Los dos tuvieron
similares orígenes; familias de clase media, hijos de “laburantes”, en años
en que el país se permitía invitar a la clase trabajadora a un falso
protagonismo abortado mas tarde por golpes militares y clases menos dirigentes
que vendepatrias.
Viale era hijo de un
sindicalista portuario. Soriano, de un inspector de Obras Sanitarias
antiperonista y nómade. Los desencantos y furias paternas teñirían sus
imaginarios de un color singular, conformando esa suerte de “grotesco
sudaca”, tan de ellos y tan nuestro, donde tanto un padre moribundo puede
escaparse de un hospital disfrazado de rockero (Soriano, “La hora sin
sombra”), como intentar batir el récord mundial de permanencia bajo tierra
para que su hijo tenga “de qué estar orgulloso el día de mañana” (Viale,
“Periferia”).
A Soriano le encantaba el
fútbol. Inventó desde sus relatos periodísticos una poética donde su pasado
de delantero trunco le rendía homenaje a un ritual provinciano que nada sabía
de tevé por cable ni millonarios pases a Europa.
Para Viale, en cambio,
esa fácil triunfalismo al que somos tan proclives los argentinos, y que nos
vuelve inexplicablemente patriotas a la hora de alentar a un seleccionado, le
sirvió de argumento tanto para el teatro (la mencionada “Periferia”) como
para el cine, donde hizo extensiva esa conducta facilista y suicida a títulos
memorables como “Juan que reía” o “Plata dulce”. “Dios es
Argentino”, pregonaba Julio de
Grazia desde la piel de un malogrado fabricante de botiquines, allá por fines
de los 70 . Qué habrá sido de aquel Dios con camiseta albiceleste y gorro
frigio? Se lo habrán fagocitado los yuppies y la paridad cambiaria? O yirará
por el bajo tirando la manga para volverse al cielo?
La llegada de los ´80
y la vuelta a la democracia los encontró en diferentes instancias de
vida. Esquivando prohibiciones y autocensuras, Viale había conseguido éxitos
genuinos e indiscutibles; baste recordar, en teatro, “Convivencia”,
“Camino Negro” o sus ya citados trabajos para el cine. Soriano en cambio,
regresaba al país tras un penoso exilio, de la mano del éxito tardío pero
merecido de “Triste solitario y final”, punto de partida de una
impresionante saga de novelas, y a participar en la gestación de Página 12, el
diario que también se nutrió de su talento en inolvidables contratapas que
miles de argentinos disfrutamos entonces y ahora, mas allá del tiempo y de la
apremiante inmediatez que suele imponer el oficio periodístico.
Los tramos finales de sus
vidas presentan, como no podía ser de otra forma, singularidades que los
asemejan en la diferencia.
A Soriano se lo llevó la
muerte en el pico más alto de su popularidad y, sospechamos, con unas cuantas
historias más para deleitarnos, sin contar.
A Viale, en cambio, lo fulminó un ataque cerebral mientras entregaba guiones televisivos que le daban de comer pero nunca revistieron importancia en el total de su obra.
Por mi parte, no se me
ocurre un final que no se parezca a una despedida. Sería, me parece, demasiado
triste y solitario. Prefiero, a modo de cierre, un sencillo ejercicio de
imaginación.
Ignoro si se conocieron o
si supieron del otro en su paso por estos pagos. Pero nada me cuesta pensarlos cómplices,
enemigos del lugar común, hilvanando ocurrencias para que los ángeles se maten
de risa, o apuntando para este lado a los hipócritas y corruptos de turno para
escracharlos en una buena historia o en una contratapa feroz.
En cualquier caso, y como
dice el tango, se nos fueron pero aún nos guían...
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