Joven-de-ayer de fin de siglo, enemigo encubierto de la globalización y las
“fragmentaciones”, punto de encuentros y des-encuentros, el taller se viene
afirmando desde los 80 como eficaz paliativo a la búsqueda de salidas
individuales.
Los
hay pagos y gratuitos, prometedores de soluciones mágicas o tibios sucedáneos
del club de corazones solitarios. Pero también prestan su molde a
nuevas formas de solidaridad e intercambio, lazarillo a tientas en la difícil
cacería del lenguaje propio.
A diferencia de la narrativa, la poesía u otras formas más “literarias”, el de dramaturgia reviste características específicas que lo singularizan.
A
través de la experiencia recogida en los últimos años, tanto en calidad de alumno como de coordinador, pude comprobar que ninguno de estos
roles se limita a la simple “audición” del texto ajeno, (o lectura del
propio); es necesario un ejercicio de percepción y entrega que nos convierte en
una suerte de “público previo” del material, con las limitaciones y
potencialidades del caso.
Limitaciones, por tratarse de una lectura “desnuda”, sin el marco propio del hecho teatral, pero al mismo tiempo lectura con público “calificado”, es decir, comprometido con la potencialidad del material desde un análisis mas o menos profundo.
En
este sentido, la devolución del grupo inaugura una relación distinta con la
propia obra, generando una repercusión que excede la lectura solitaria, ideal
para re-trabajar zonas débiles o profundizar caminos de crecimiento.
Esta
singularidad, exclusivo patrimonio del hecho colectivo, desmiente o relativiza
el dogma que sentencia al escritor al trabajo puramente individual.
“Tólstoi nunca fué al taller literario”, esgrimen los refutadores de siempre, enarbolando una verdad de perogrullo como si fuera un axioma inapelable. Concedido. Tampoco Borges ni Arlt ni cientos de otros. En todo caso, la asistencia a un taller de lo que fuera no nos garantiza diploma alguno de celebridad para exponer en las reuniones familiares. Pero en esa misma incertidumbre probablemente radique la magia de reunirnos en grupo a leernos y escucharnos algo muy parecido a los sueños. Y más parecido aún a cierta solidaria utopía.
Qué
papel le cabe al coordinador en esta modalidad de trabajo? ¿Guía, orientador,
revelador de la verdad absoluta? Nada de eso. Pero también, por lo mismo, algo
de todo eso. Digamos que le toca
proponer el punto y aparte para una historia de puntos suspensivos. O como dice
Kartún en uno de sus (imperdibles)
escritos:
es de sus
alumnos “de quienes más aprendió”.
Oportunamente,
y ante un desencuentro surgido del fragor propio del trabajo, un tallerista me
reclamó intervenir desde mi rol de
docente. Es decir, me exigió una actuación normativa, rectora. La búsqueda de
respuesta me sirvió para aclarar mis propias dudas. Recordé una metáfora zen:
“Cuando trepamos una montaña no sólo
nuestras piernas, sino también la montaña misma nos eleva...”
El
coordinador no es dueño de ninguna verdad revelada, pero habrá cumplido con su
discípulo si su devolución lo enriquece o le propicia un espiral de
crecimiento, mas allá de normativas instituídas, y por lo tanto, discutibles.
Pero sobre todo habrá cumplido si ayuda a poner en marcha ese formidable
mecanismo no-mecánico, disparador de fantasías intransferibles, que son las imágenes
generadoras. Hay un camino de libertades y permisos que el artista se debe
otorgar, un arsenal de herramientas (no tan) imaginarias destinadas,
precisamente, a liberar el imaginario, que un coordinador puede y debe
estimular. En ese aspecto, su tarea implica creatividad, compromiso e intromisión
en el imaginario ajeno, transitando a veces el límite de la invasión o el
bastardeo, sin transgredirlo ni traicionarse.
Aquel
cuestionamiento de un pibe de 20 años desorientado me llevó también a
reflexionar sobre la responsabilidad individual del tallerista en su proceso de
crecimiento.
Digo:
además del trabajo grupal, debemos recorrer un camino personal abonado de
horas-pecé, lectura y relectura de clásicos, contemporáneos, teóricos,
libros sagrados, libros bastardos, viendo y sudando (mucho) teatro, cine, cómics,
y cualquier otro elemento que nos ayude a conformar la propia, intransferible
herramienta. También parece una verdad de perogrullo, y acaso lo sea, pero su
enunciado ayuda a descomprimir la excesiva expectativa que a veces se deposita
en el dramaturgo coordinador, en tanto administrador de miedos ajenos o
destinatario de ansiedades más ajenas aún.
En
otras palabras, creo que no existen en el arte ni en la vida formas de trabajo
grupal o individual que garanticen a priori éxito alguno. Así de sencillito.
Repaso
mi lista de inquietudes y no-certezas que motivaron estas líneas.
Desde mis primeros palotes teatrales al presente, los talleres fueron algo mas que una grata compañía, y seguramente lo seguirán siendo. Los hubo solidarios y sórdidos, mágicos y monótonos, para todos los gustos y hasta para algún disgusto. Tampoco me cabe duda de que debo a su ejercicio solidario y desinteresado, y al talento inefable de mis maestros, algunas escasas convicciones, de ésas que llegan para no irse.
Acaso
la ecuación consista en eso (eso que
Kartún llama “alquimia del verbo”): quemar horas enteras inventando
mentiras para sudar (aunque más no sea) una gota de verdad.
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Dramaturgo, discípulo
de Mauricio Kartún, Roberto Cossa, Eduardo Rovner y Bernardo Carey. Ha
conformado además talleres con pares y talleres de dramaturgia para la
Dirección de Cultura de Morón. También durante 2000/ 2001 trabajó como
asistente en la cátedra de Dramaturgia que Mauricio Kartún dicta
en la Universidad de Madres de Plaza de Mayo y como dramaturgista en la Escuela
de Teatro de Buenos Aires del maestro Raúl Serrano. |
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