Algo así como parir...
Por Luis Saez
Mas allá o mas acá de San Freud, si algo le envidiamos los artistas a la maternidad es la posibilidad de parir. Acto sublime de creación que explica y justifica la existencia, queda para el artista el mágico, menudo consuelo de creaciones (pariciones) incomparables, inefables. Por ejemplo, criaturas que nos digan y desdigan, o que escupan a mansalva lo que jamás hubiera salido de nuestra boca, o lo que ni siquiera sabíamos que sentíamos. Así comienza la historia, sin saber en qué va a terminar. Empeñando desvelos y ríos de sangre para que a la criatura no le sobre nada, y le falte lo menos posible. Viejos transeúntes de cuerdas flojas, vivimos tropezando y llevando los peores porrazos detrás de una quimera incierta, a menudo improbable.
A veces bajamos los brazos o escondemos nuestra vergüenza
en cajones que nos preserven de la humilllante prolijidad de lo real. Aunque tal
vez la peor derrota seamos nosotros mismos, andando por la vida con llagas
disfrazadas de cortesía, o con el conformismo cercándonos el cerebro como una
corbata desprolija. Pero es inútil, no tiene caso inventarnos otra biografía.
Cargaremos con la nuestra como un cadáver exquisito o un trofeo. Conviene,
pues, bajar la guardia y aceptar cuanto antes las reglas de este singular juego.
Seremos lo que debamos ser o no seremos nada, o acaso siendo unos nos condenemos
a lo otro, como que el arte y la nada se parecen en más de lo que se
diferencian.
Ahora
bien; supongamos que un buen día las malas sangres y peores leches propias y
ajenas no consiguen cortarnos las manos. Al contrario, vamos a suponer que el
engendro cobre vida propia y que alguien, a la sazón llamado director,
productor o mandrake (o todo eso junto) se disponga a recoger el guante y poner
el cuerpo en el arduo asunto de moldearle las alas, herramienta imprescindible
para arribar mas o menos íntegro al vértigo final. ¿Y nosotros, a todo esto?
Resulta sumamente posible que, una vez parido nuestro pichón, nos invada un
desasosiego indefinible, inexplicable, como de fin de partida. Y nada tienen que
ver en el asunto los pasos ulteriores dados por el fruto de nuestra parición.
El autor, como alguna vez le oí decir a Tito Cossa, que de esto sabe y mucho,
lo único que quiere después del estreno es volver a su casa y seguir
escribiendo. El autor sólo “es” estampando letras, como figuritas difíciles
de un álbum cósmico, perpetuo. De manera que es comprensible, esperable y
atroz que esto suceda. Páginas en blanco, desesperanza, desazón y sigue la
lista, hasta que un buen día, o nunca, o en los próximos diez segundos, la
imagen, el dolor o el olor más inesperados reactivan el misterio, la magia de
nuevo en marcha y nos encontramos de buenas a primeras, o nos moríamos,
teclando despistes con la loca ilusión de ser Gardel y Maradona en un solo
envase. Nada de eso. Apenas, y a penas, seguimos existiendo, y con nosotros,
como sombras despegadas del cuerpo que los parió y los largó a la vida,
nuestras criaturas, nuestros hijos virtuales, recreando destinos impensados a
bordo de pieles prestadas.
Palabras
más, palabras menos, algo así como parir.
(Revista
Dionisio,
Agosto 2001)
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