C  R  Í  T  I  C  A

 

M o n o s  c o n   N a v a j a

Por David Viñas

Página 12

16/07/2001

 

Política y teatro, dos recintos diferentes, pero paralelos y complementarios”.
G. B. Shaw

 

Tienen un ademán de piqueteros; también aparecen en lugares que no figuran en la geografía canónica de Buenos Aires, sosteniendo una obstinada agresividad que lleva a insinuar que “la cosa” no se ha clausurado sino, más bien, lo contrario.
–La historia, mis amables lectores, no ha llegado a su crucifixión.
Los que brotaron en Mosconi, en las afueras de Neuquén, en las encrucijadas de La Matanza o en los puentes sobre el Riachuelo –por marginados, episódicos y fragmentarios– provocan las sentencias de “los cejas levantadas” cuando afirman que ésos no representan la lucha de clases. Como si semejante dramaturgia histórica –otra desaparecida– sólo pudiera concretarse en la Larga Marcha o, simbólicamente, en cierto cuadro académico donde la libertad aparece con gorro frigio, subida a una barricada y rodeada de pistolas y fusiles musculosos.
–Ça ira, ça ira, les aristos a la enterne, cantaban.
Se trata, ahora, de una segunda cartografía que tampoco brota en los manuales del porteñismo bien pensante: Sarandí al 700, por la vereda de los impares; México al 1400, entre un zócalo color mostaza y dos árboles carnosos; San Martín frente a un convento mutilado; Humahuaca, una escenografía borrosa del Negro Ferreyra. Empecinados en decir no para empezar a pensar, con una insolencia desenvuelta o mediante sonrisas feroces, tajos y fogatas que brillan en repliegues de la ciudad.
–Argentina potencia, doctor.
Sospecho que no estamos de acuerdo: el país se ha convertido en una degradación abyecta y polvorienta que, en plano inclinado, y pese a malabares y ministros con ecuaciones de repuesto, amaga con trocarse en una factoría manipulada por algún código de Internet impávidamente despiadado.
–Hasta aquí, descripción y pronóstico legítimos.
Pero repetir, una y otra vez ese diagnóstico es lo que más se parece a una letanía inmovilizadora. La repetición se hace rutina y lo rutinario santifica los clishés ritualizados.
–D’ont cry for me, Argentina.
“Monos con navaja”, “Rebatibles”, “Venecia” y “Rojos globos rojos”, desde su arrinconada especificidad, no sólo trabajan mediatamente con esa “miseria nacional”, sino que apuntan a conjurar la obscena letanía que los compatriotas practicamos, cada vez más, y que ya nos define y vamos pedaleando resignados, entre otros “disfrutes”.
–Disfrutar, de la talla de, divertido, de cara a, son muletitas que colaboran en semejante letanía.
Menos mal: piqueteros, Briski, Serrano Raúl, el jujeño Accame y Tato Pavlovsky. Las gentes que los rodean, y otros más que se asoman en jubilosos resquicios barriales: Thames, Zelaya, Balcarce la sombría, Sánchez de Bustamante. Confabulaciones que, al operar con el grotesco, actualizan de manera filosa, brusca y sin concesiones, la genealogía teatral que más descifra al presunto “país del tango”: tango, danza grotesca; Argentina, país grotesco. Ejecutando canibalismos y ternuras franeleras.
Sagaces teatristas de la política –entendida como teoría de la ciudad– desentrañan a un país anfibio que, equívocamente, participa de lo más cariado de América latina y de las vetustas noches locas de la capital de los franceses.

 

   RESULTADOS

nota Reflexión sobre la violencia cotidiana

sección Espectáculos | fecha de publicación 02.08.2001- La Nación  

 

Reflexión sobre la violencia cotidiana

 

"Monos con navaja" de Luis Sáez. Intérpretes: Hugo Ferrari, Carlos Hayes, Marcelo Olguín, Ezequiel Molina y Debora Astrosky. Escenografía: Mariano Engel y Rocío Campos. Música: Hernán Maccagno. Iluminación: Juan Manuel Dopazo. Asistente de dirección: Verónica Lorca. Dirección adjunta: Roby Schverdfinger. Puesta en escena y dirección general: Justo Gisbert. En el Teatro del Artefacto.

Nuestra opinión: bueno.

 

El dramaturgo Luis Sáez vuelve a ocuparse del mundo de los marginales, pero en "Monos con navaja" muestra hasta qué punto la violencia cotidiana cambia la realidad de unos seres normales en apariencia -son dueños de una panadería-, que se ven transformados por el temor que sufre hoy en día cualquier individuo ante la posibilidad de ser robado.

 

Las personas parecen entrar en un estado de paranoia tal que se convierten en aquello a lo que temen. Extreman tanto sus cuidados que al menor indicio de robo sus conductas se modifican, sacan de su interior aquello a lo que no quieren parecerse y consiguen tornarse en seres tan detestables como cualquier malhechor a la hora de lograr su cometido.

 

Realismo exasperado

La obra está construida sobre un fuerte realismo exasperado, al mejor estilo de un texto de Eduardo Pavlovsky de los años 70. La diferencia está en que Sáez, en algún momento, detiene su acción para regodearse en ella. Los personajes reiteran uno y más juegos con los que torturan a su antagonista, pero el argumento no avanza, hasta que logra un final certero y de mucha significación.

 

Aun así, la idea es muy interesante y cada uno de los personajes posee una riqueza particular. En varios momentos, el autor sorprende con reacciones inesperadas y esto hace que esos seres tengan una humanidad que conmoverá al espectador.

 

Clima de opresión

La puesta de Justo Gisbert potencia al máximo el clima de opresión que emana del texto, pero busca continuamente lograr un justo equilibrio para que nada de lo que sucede termine violentando la atención del público. El director es muy consciente de que de esa manera logrará una reflexión más profunda sobre esos hechos que acontecen.

 

En lo interpretativo se destacan, sobre todo, Hugo Ferrari (el panadero) y Débora Astrosky (Lorna). Cada uno se detiene en buscar los matices necesarios para que sus criaturas resulten más creíbles. Ellos tienen mayor riqueza en su definición y lo desarrollan en un juego intenso.

 

Es muy atractiva la escenografía de Mariano Engel y Rocío Campos. Adquieren mucha fuerza esos mostradores que a veces son trinchera y otras, cama de tortura.

 

Una intensa propuesta para inaugurar una nueva sala, el Teatro del Artefacto.

 

Carlos Pacheco

 

  “Esta obra de Luis Saez se enfrenta, desde un neogrotesco delirante, al problema de la desocupación y la violencia. Con marcado humor negro en su anécdota de loca autoprotección elaborada por un panadero asaltado varias veces,  Saez alerta sobre el riesgo de caer en la selva humana. La puesta aceita el mecanismo con habilidad, aunque cierta linealidad atempera la opresiva concepción del autor. No obstante,  la comedia ácida y un poco delirante estremece con los buenos oficios del elenco”

 

Luis Mazas / Revista 23

 

 

No todos son Monos con navaja

 

La inseguridad, la pobreza y la desconfianza ante el

prójimo parecieran presentarse como símbolos que

identifican cada vez más a la sociedad de hoy. Esta es la

realidad que reproduce y dramatiza Monos con Navaja, una

obra de Luis Sáez, dirigida por Justo Gisbert, en una aguda

crítica a la recurrente filosofía del “sálvese quien pueda”.

La historia transcurre en una panadería, regenteada por

un hombre y sus dos hijos, que cuidan de su negocio en un

estado absoluto de paranoia causado por los más de 60

asaltos que sufrieron en los últimos años. A la escena se

suma un cliente, quien resulta víctima de la alteración de

estos tres individuos que lo toman por ladrón tan sólo por

considerar que utilizó un tono sospechoso al solicitar una

docena de churros.

“Que no nos enteremos que hablaste con la policía. Mirá

que el comisario es amigo nuestro”, advierte el panadero

con zozobra y altanerismo al pobre cliente, evidenciando

otra clave de las relaciones humanas donde el amiguismo y

la impunidad parecieran ser llevados casi con orgullo.

El perfil de los personajes es una denuncia también a la ignorancia y

brutalidad, como resultado del avasallante avance de la televisión, no sólo como

un medio de entretenimiento sino como el más influyente medio educativo, para

un sector culturalmente desinteresado y escéptico.

Las escenas se deslizan en un torbellino de temor, dramatismo,

violencia y desesperación, que se amoldan en una sátira de la cruda

realidad de estos días amalgamados con una buena dosis de humor, que

acercan situaciones verdaderamente desopilantes.

El broche se presenta con mucho color con la aparición

del quinto personaje, Lorna, la mujer del cliente,

llamativa, grotesca e imponente, quien sale a la defensa

de su marido, un hombre sumiso y temeroso, sombra de

su esposa.

Pero la apuesta de Gisbert fue más alla de la realización de

una crítica a la decadencia de la sociedad. En contrapunto a

la representación de esta cruda realidad, el director teatral

logró demostrar que todavía existen los valores y que la

perseverancia por los intereses personales dan finalmente

sus frutos.

Paralelamente al estreno de la obra, Justo Gisbert y el

director Raúl Serrano inauguraron, el pasado miércoles, el

Teatro del Arte Facto, casi como una respuesta al desinterés

por parte del sistema en referencia al arte, y para hacerle

frente a “la realidad no demasiado atractiva que nos rodea:

desocupados, violencia, chatura artística producida

industrialmente y deuda externa”, tal como definió Serrano.

Esa es la idea que envuelve el nombre del mismo teatro: incidir y opinar para

revertir la tendencia de la indiferencia hacia la cultura desde el “arte+facto”.

Una confirmación de que la sociedad cuenta todavía con verdaderos hombres

con valores que logran superar a los monos con navaja.

 

Erika Grinberg

 

BAE (Buenos Aires Económico)

 

28/06/2001

 

La producción de Luis Sáez ha sido distinguida desde fines de la década del 80 con menciones y premios nacionales, iberoamericanos e internacionales. En este caso se trata de una obra de personajes perfectamente delineados, muy fuertes, y muy distintos uno del otro, a través de situaciones jugadas a fondo, ahonda en las miserias humanas y hasta hay un resquicio para el humor.

 

Susana del Vecchio

Crítica Abierta

 

 L O S   P O R T E Ñ O S  

Y  L O S    P R O V I N C I A N O S

 

 

“CAMELLOS” TOMA UNA CLÁSICA OPOSICIÓN ARGENTINA PARA REALIZAR UN ENSAYO SOBRE EL RACISMO Y EL TEMOR A LA DIFERENCIA.

 

 

 

 

Las rencillas y rencores motivados por el horror a lo desconocido se imponen en Camellos, pieza de Luis Sáez, con la necesidad de señalar un estado de cosas que debe ser modificado con urgencia.

Mono, un boxeador nacido en Lugano, recibe al nuevo compañero de pensión llegado de Córdoba con la convicción de que tendrá el derecho a menospreciarlo y maltratarlo por la simple razón de haber llegado primero.

En ese ejercicio de crueldad, el recelo característico del porteño hacia el provinciano se va espesando hasta dejar lugar a una serie de arranques de manifiesto racismo.

Los preceptos básicos heredados de su padre le dan a Rubén (Pablo Iemma) la fuerza para resistir la crueldad del boxeador (Julio Feld). Precisamente una de esas normas (“La piedad nos diferencia de las bestias”) resumen la intención fuertemente moralizante de la pieza.

 

Cecilia Hopkins

Página 12

Calificación: 7 puntos.

 

 

 

 “El autor se cuida de caer en lugares comunes –la pulsión homosexual dista de ser subrayada- y tiene una mano especial para trazar la evolución de sus criaturas, que transitan una hostilidad que incluye algún intento de homicidio a un atisbo de convivencia entre quienes tienen más en común de lo que suponen.

 

Héctor Puyó

A c c i ó n

 

  

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