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C R
Í T
I C A M o n o s c o n
N a v a j a Por David Viñas Página 12 16/07/2001 “Política y teatro, dos recintos
diferentes, pero paralelos y complementarios”. Tienen un ademán de piqueteros; también aparecen en lugares que
no figuran en la geografía canónica de Buenos Aires, sosteniendo una
obstinada agresividad que lleva a insinuar que “la cosa” no se ha
clausurado sino, más bien, lo contrario. |
RESULTADOS
nota Reflexión sobre la violencia
cotidiana
sección Espectáculos | fecha de
publicación 02.08.2001- La Nación
"Monos con navaja" de Luis Sáez. Intérpretes:
Hugo Ferrari, Carlos Hayes, Marcelo Olguín, Ezequiel Molina y Debora Astrosky.
Escenografía: Mariano Engel y Rocío Campos. Música: Hernán Maccagno.
Iluminación: Juan Manuel Dopazo. Asistente de dirección: Verónica Lorca.
Dirección adjunta: Roby Schverdfinger. Puesta en escena y dirección general:
Justo Gisbert. En el Teatro del Artefacto.
Nuestra opinión: bueno.
El dramaturgo Luis Sáez vuelve a
ocuparse del mundo de los marginales, pero en "Monos con navaja"
muestra hasta qué punto la violencia cotidiana cambia la realidad de unos seres
normales en apariencia -son dueños de una panadería-, que se ven transformados
por el temor que sufre hoy en día cualquier individuo ante la posibilidad de
ser robado.
Las personas parecen entrar en un
estado de paranoia tal que se convierten en aquello a lo que temen. Extreman
tanto sus cuidados que al menor indicio de robo sus conductas se modifican,
sacan de su interior aquello a lo que no quieren parecerse y consiguen tornarse
en seres tan detestables como cualquier malhechor a la hora de lograr su
cometido.
La obra está construida sobre un
fuerte realismo exasperado, al mejor estilo de un texto de Eduardo Pavlovsky de
los años 70. La diferencia está en que Sáez, en algún momento, detiene su
acción para regodearse en ella. Los personajes reiteran uno y más juegos con
los que torturan a su antagonista, pero el argumento no avanza, hasta que logra
un final certero y de mucha significación.
Aun así, la idea es muy interesante y
cada uno de los personajes posee una riqueza particular. En varios momentos, el
autor sorprende con reacciones inesperadas y esto hace que esos seres tengan una
humanidad que conmoverá al espectador.
La puesta de Justo Gisbert potencia al
máximo el clima de opresión que emana del texto, pero busca continuamente
lograr un justo equilibrio para que nada de lo que sucede termine violentando la
atención del público. El director es muy consciente de que de esa manera
logrará una reflexión más profunda sobre esos hechos que acontecen.
En lo interpretativo se destacan, sobre
todo, Hugo Ferrari (el panadero) y Débora Astrosky (Lorna). Cada uno se detiene
en buscar los matices necesarios para que sus criaturas resulten más creíbles.
Ellos tienen mayor riqueza en su definición y lo desarrollan en un juego
intenso.
Es muy atractiva la escenografía de
Mariano Engel y Rocío Campos. Adquieren mucha fuerza esos mostradores que a
veces son trinchera y otras, cama de tortura.
Una intensa propuesta para inaugurar
una nueva sala, el Teatro del Artefacto.
“Esta obra de Luis Saez se enfrenta, desde un neogrotesco
delirante, al problema de la desocupación y la violencia. Con marcado humor
negro en su anécdota de loca autoprotección elaborada por un panadero asaltado
varias veces, Saez alerta sobre el
riesgo de caer en la selva humana. La puesta aceita el mecanismo con habilidad,
aunque cierta linealidad atempera la opresiva concepción del autor. No
obstante, la comedia ácida y un
poco delirante estremece con los buenos oficios del elenco”
La
inseguridad, la pobreza y la desconfianza ante el
prójimo
parecieran presentarse como símbolos que
identifican
cada vez más a la sociedad de hoy. Esta es la
realidad
que reproduce y dramatiza Monos con Navaja,
una
obra
de Luis Sáez, dirigida por Justo Gisbert, en una aguda
crítica
a la recurrente filosofía del “sálvese quien pueda”.
La
historia transcurre en una panadería, regenteada por
un
hombre y sus dos hijos, que cuidan de su negocio en un
estado
absoluto de paranoia causado por los más de 60
asaltos
que sufrieron en los últimos años. A la escena se
suma
un cliente, quien resulta víctima de la alteración de
estos
tres individuos que lo toman por ladrón tan sólo por
considerar
que utilizó un tono sospechoso al solicitar una
docena
de churros.
“Que
no nos enteremos que hablaste con la policía. Mirá
que el
comisario es amigo nuestro”, advierte el panadero
con
zozobra y altanerismo al pobre cliente, evidenciando
otra
clave de las relaciones humanas donde el amiguismo y
la
impunidad parecieran ser llevados casi con orgullo.
El
perfil de los personajes es una denuncia también a la ignorancia y
brutalidad,
como resultado del avasallante avance de la televisión, no sólo como
un
medio de entretenimiento sino como el más influyente medio educativo, para
un
sector culturalmente desinteresado y escéptico.
Las
escenas se deslizan en un torbellino de temor, dramatismo,
violencia
y desesperación, que se amoldan en una sátira de la cruda
realidad
de estos días amalgamados con una buena dosis de humor, que
acercan
situaciones verdaderamente desopilantes.
El
broche se presenta con mucho color con la aparición
del
quinto personaje, Lorna, la mujer del cliente,
llamativa,
grotesca e imponente, quien sale a la defensa
de su
marido, un hombre sumiso y temeroso, sombra de
su
esposa.
Pero
la apuesta de Gisbert fue más alla de la realización de
una crítica
a la decadencia de la sociedad. En contrapunto a
la
representación de esta cruda realidad, el director teatral
logró
demostrar que todavía existen los valores y que la
perseverancia
por los intereses personales dan finalmente
sus
frutos.
Paralelamente
al estreno de la obra, Justo Gisbert y el
director
Raúl Serrano inauguraron, el pasado miércoles, el
Teatro
del Arte Facto, casi como una respuesta al desinterés
por
parte del sistema en referencia al arte, y para hacerle
frente
a “la realidad no demasiado atractiva que nos rodea:
desocupados,
violencia, chatura artística producida
industrialmente
y deuda externa”, tal como definió Serrano.
Esa es
la idea que envuelve el nombre del mismo teatro: incidir y opinar para
revertir
la tendencia de la indiferencia hacia la cultura desde el “arte+facto”.
Una
confirmación de que la sociedad cuenta todavía con verdaderos hombres
con
valores que logran superar a los monos con navaja.
BAE (Buenos Aires Económico)
28/06/2001
La producción de Luis Sáez ha sido distinguida desde fines de la década del 80 con menciones y premios nacionales, iberoamericanos e internacionales. En este caso se trata de una obra de personajes perfectamente delineados, muy fuertes, y muy distintos uno del otro, a través de situaciones jugadas a fondo, ahonda en las miserias humanas y hasta hay un resquicio para el humor.
Susana del Vecchio
L O S
P O R T E Ñ O S
Y
L O S P R O V I N
C I A N O S
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“CAMELLOS” TOMA UNA CLÁSICA OPOSICIÓN ARGENTINA PARA
REALIZAR UN ENSAYO SOBRE EL RACISMO Y EL TEMOR A LA DIFERENCIA. |
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Las
rencillas y rencores motivados por el horror a lo desconocido se imponen
en Camellos, pieza de Luis Sáez,
con la necesidad de señalar un estado de cosas que debe ser modificado
con urgencia. Mono,
un boxeador nacido en Lugano, recibe al nuevo compañero de pensión
llegado de Córdoba con la convicción de que tendrá el derecho a
menospreciarlo y maltratarlo por la simple razón de haber llegado
primero. En
ese ejercicio de crueldad, el recelo característico del porteño hacia el
provinciano se va espesando hasta dejar lugar a una serie de arranques de
manifiesto racismo. Los
preceptos básicos heredados de su padre le dan a Rubén (Pablo Iemma) la
fuerza para resistir la crueldad del boxeador (Julio Feld). Precisamente
una de esas normas (“La piedad nos diferencia de las bestias”) resumen
la intención fuertemente moralizante de la pieza. Cecilia Hopkins Página 12 Calificación: 7 puntos. |
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“El autor se cuida
de caer en lugares comunes –la pulsión homosexual dista de ser subrayada- y
tiene una mano especial para trazar la evolución de sus criaturas, que
transitan una hostilidad que incluye algún intento de homicidio a un atisbo de
convivencia entre quienes tienen más en común de lo que suponen.
Héctor Puyó
A c c i ó n
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