Yo hasta que cumplí los cuarenta no supe que había pecado. Porque en
aquella época, ser madre no me parecía un pecado.
Cuando era joven, los niños decían: "¡Mamá, mamá!" y me
recordaban constantemente mi pecado. Tanto pecaba dando biberones y cambiando
pañales que no me quedaba ni tiempo para mirar un crepúsculo sobre el
Mediterráneo que desde donde yo vivo me cae a 600 kilómetros. Pero conste,
que lo intentaba.
Luego, para cuando cumplí los treinta, nuestros niños convertidos en
adolescentes me recordaban en qué vicio gastaba el dinero de la familia: ropa
de marca para ellos, clases de inglés en Gran Bretaña, de karate, de piano,
de guitarra, entradas al cine, campamentos de verano, semanas blancas en la
nieve, hamburguesas. Ser madre me estaba costando -no los dos ojos de la cara,
que eso no sería nada- sino los dos bolsillos de los pantalones como antes me
había costado las dos tetas que se me quedaron flácidas y aburridas, y la
cuenta bancaria, la de aquí, porque en Suiza sólo las tienen esos pobres
ricos, que al final hasta pecan como nosotros y a veces lloran, no al contado,
porque eso sería mucho pedirle a un rico, pero si en tarjeta de plástico que
es más fría. Y es que, para caer en el pecado de la maternidad hay que
dejarse arrastrar por los pecados cosmopolitas más conocidos... La soberbia,
avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza. Que son siete. ¿De verdad son
siete? Prueben ustedes a contar. Bueno, mejor lo dejamos para otro día,
porque estamos hablando del más grave, el más digno de una Unidad de
Cuidados Intensivos: la madre. Para caer en él, no se cae así por las
buenas. No. Una empieza por la pereza... Se dice: no, para qué voy a casarme.
¡Qué lío de papeles! Y luego si te va mal. Entonces descubres que todas las
amigas que decían lo mismo que tú, comienzan a emparejarse. Y te dejas
llevar por la ira. La ira te hace decir: mejor con papeles... Lo que
inevitablemente te arrastra a la envidia, ese pecado tan sutil, que hace que
le arrojes granos de arroz a los ojos de las amigas que se casan vestidas de
blanco -¡y bien que tú les conoces las historias de sus amoríos, que para
algo eras tú su íntima, y ellas tan panchas... "Blanca y radiante va la
novia... -canta la gente como en un musical-, le sigue atrás su novio
amante"... y el fotógrafo y la modista que acomoda el velo, y los niños
que portaron las alianzas, y la suegra y el suegro, y las amigas solteras que
esperan recoger la liga, entre las que vas tú. Ahí, precisamente ahí, en
ese momento, en ese día y ante ese sagrado altar, es donde comienzan a
hacerte creer que les va bien... que el matrimonio es una maravilla, ¡y te
entra un deseo de probar...!: la gula. Te relames los dedos, te relames... el
dedo... (buscando el adecuado) índice como si fuera..., como si fuera...;
como si fuera, ¡exactamente como si fuera! Te da vueltas la cabeza, piensas
en aspirinas, dolalgial, gelocatil, nolotil, prozac... Buscas un sucedáneo
y... vas a una de esas tiendas viciosas en las que por lo general entran pocas
mujeres y... te compras un vibrador, discreto, (indicación de tamaño y
forma) así... No, así. Bueno, ¡así! Pero no te conforma, no parece
natural, le falta textura, esas venitas... azules, ese gusto y ese tacto en la
lengua a crêpe, en fin, un pelillo..., algo que lo haga familiar, que te deje
a gustito.... La gula. Sales corriendo y vuelves a la tienda, esta vez con
gafas oscuras. Te compras dos vibradores, pero tampoco te conforman. Te pones
una peluca rubia. Tres vibradores... Nada. Y ya estamos en la lujuría. Cien
vibradores y tampoco. Una locura. Ya no te alcanzan los disfraces. Mil, de
todos los modelos y de cualquier país, y... ¿Y qué consigues aparte de
quedarte pelirroja?... ¿Cómo se llama éso? ¿Perversión? ¡No! Lujuria.
Entonces piensas que no encontrarás vibrador a tu tamaño, que no lo hay en
el mundo, que no hallarás nada ni nadie que te satisfaga... y conoces la
soberbia. Con lo que cierras el círculo. Has cometido todos los pecados
vulgarmente conocidos por la gente como "capitalistas" -¡porque a
ver qué pobre va a sentir lujuria, soberbia, gula...!- para caer en el más
primitivo, el más cosmopolita, también el más religioso, y te conviertes en
madre.
Conscientes de tu caída, desde los partidos políticos de izquierda y las
Concejalías de la mujer, quieren salvarte y te invitan repetidamente para que
no peques más. Y promueven cursos para que accedas a un puesto de trabajo al
que abandonaste para caer en el vicio de la maternidad. Por otra parte, desde
los partidos de derecha hasta el "infalibilus papá vaticanum est",
te incitan a que pinches los condones, olvides la píldora anticonceptiva y la
del día después en un cajón oscuro, y no abortes.
Así, entre los deseos de unos y de los otros, llegas a los cuarenta y cinco,
la menopausia, "la edad mística" como llamó Pérez de Ayala a la
menopausia y también a la adolescencia. ¡Qué dos edades! Y llega el momento
de la recriminación, de ver el mundo tal cual era, de ver en qué has
despilfarrado tu vida menopáusica. Miras a tu alrededor y qué has conseguido
con tu pecado, el cual como he dicho antes, no era "peccata minuta",
¿qué has conseguido?...: el síndrome del nido vacío. Éso es lo que has
conseguido. ¿Dónde están los que te llamaban, "mamá, mamá"! Una
es médica, el otro ingeniero, la siguiente mecánica de automotores porque a
ella le iban las tareas de "machos", y el pequeño estéticien
porque a éste le gustaban las de niñas. Eh ahí a dónde te condujo tu
pecado. Y te sientes perdida: y ¿qué hago yo ahora con mi vida? No vales ni
para un seguro de vida. Y mientras tú estás en estas profundas meditaciones
de convento de menopáusicas llega tu hija y te dice: "Mamá -te nombra
otra vez tu pecado y te duele-, he conocido un chico". Y tú piensas, uno
más... Sexo, simplemente, sexo. Y ella: "Quiere casarse conmigo".
Ja, ja, ja, sonríes... "Quiere tener hijos". Ja, ya no te ríes
tanto. Todavía explica: "Quiero ser madre". Y comprendes que no hay
remedio, tu hija ha salido a ti, y será una viciosa, una pecadora
incorregible, a la que sus niños llamarán "¡Mamá, mamá!" y a ti
"¡Abuela, abuela!" Entonces, ¡horror!, descubrirás un nuevo
pecado. Otro, que no conocías. El de la abuela que lleva a los nietos al
colegio, y les da de comer, y los cuida mientras sus jóvenes y laboriosos
padres trabajan para ganar sueldos con los que no podrán llegar a fin de mes.
Pero ese pecado lo comentarás otro día, porque éste, el de ser madre te
tiene menopáusicamente "mística" y levitas como una endiablada
santa. Y ya se sabe: "hay que tener dos vicios, porque uno es
demasiado". Pero hasta que te hagan abuela, tú sólo tienes éste, el de
madre. Lo que no es poco.
(Da dos pasos como para retirarse pero vuelve). Una cosa más... Pensé...
seriamente, muy seriamente, más... seriamente, en crear una asociación como
la de Alcohólicos Anónimos o la de Gordos Anónimos, de la cual, lógicamente,
yo iba a ser la presidenta, pero a poco que recapacité me convencí de la
inutilidad; porque resulta que Madres Anónimas, hay a montones. Están las
que sus hijos les escapan, y luego las otras, la que los hijos se olvidan -con
un poco de premeditación y algo de alevosía- de su cumpleaños, del
aniversario de boda...Tan ocupados como están con sus vidas, criaturitas.
Ser madre... ¡qué pecado! Pero los hay peores, y más caros como el pecado
de querer ser joven, con lo que cuestan las zapatillas importadas y los cursos
de parapente, puenting, surfing, submarinismo, y los liftings, las
liposucciones, y esas mil actividades que uno tiene que hacer para que los demás
se crean que uno es, cuanto menos, todo lo joven que aparenta ser.
Y luego está el pecado gravísimo y que también nos afecta a las madres de:
"la maté porque era mía". ¡Hala, bruto! Como si no hubiera por ahí
mil mujeres esperando que un bruto se les declare. Porque nosotras, a la hora
de matar... ¡qué finas somos! De un empujoncito, los echamos de la cama. Y
cuando ellos se quejan del golpe en el culo, les decimos: "La culpa es
tuya, cariño". Así, con delicadeza que es como mejor se dicen las cosas
entre los que bien se quieren.
Y también está ese pecado terrible, llamado "tú ahí, no entras
solo" que sufren los niños pequeños cuando les dicen a sus madres que
quieren ir a hacer pipí al baño de los hombres. Y ellas: "que te tengo
dicho, que tú ahí no entras solo". Y el niño... "que no, que yo
al de mujeres no voy". "Pero bueno, piensa el niño, ¿papá no es
un hombre y le veo todos los días?, qué tienen los hombres del baño, qué
tienen, sí, qué tienen que no tenga el niño, si el tiene ese chorrito de
nada... Pero ya se sabe, las madres y sus miedos, y esos gigantísmos, que al
final... imaginan -falsamente, ¿eh?, falsamente- en otros, lo que les falta
en casa.
(Mirando hacia un lado y a otro).¡Oh, pero si ahí viene mi pequeño!
Escuchais cómo grita: "¡Mamá, mamá!" ¿No, no escucháis? Tengo
que contaros un secreto. No es hijo mío, ni de mi marido; es hijo de la
menopausia. Ya sé que antes se tenían los hijos... del lechero y del
panadero, pero ahora no, una gran mayoría son de la menopausia. Y yo cuando
lo miro con esa carita tan dulce y veo que me recuerda mi pasado de pecado, no
le digo como otras: "¡La madre que te parió!" Sino, ¡"La
madre que te pecó!" Y me quedo tan tranquila. Porque... pecados
capitales muchos, pero como el de ser madre, ninguno.
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