PRISION SUBTERRÁNEA
Ejercicio Dramático Anónimo
La celda es rectangular, alta, desnuda y limpia. En primer término izquierda, hay una puerta cerrada que da al corredor. En la pared de la derecha una ventana cruzada por barrotes se alza a un metro ochenta del suelo. Adosado al muro izquierdo se encuentra un banco y sobre él, acostada, duerme una persona. Su chaqueta doblada le sirve de almohada. Trata vanamente de conservar el calor.
La primera luz pálida del día se filtra por la ventana. Es suficiente para mostrarnos que la persona, (Alberto si es hombre, Susana si es mujer), es aún jóven y que sus ropas son de buena calidad. Pero sus largos cabellos están enredados y su elegante vestimenta está arrugada. Ha esperado durante tres días; ha dormido vestida durante tres noches. Sobre su rostro hay señales de esfuerzo, pero es lo suficientemente joven y está suficientemente cansada para dormir.
Un sonido de pisadas en el patio enlosado, al otro lado de la ventana, interrumpe su sueño.
Pablo (murmura, luego más alto y sobresaltada) Pablo.
Sus ojos están ahora abiertos. Aún está soñolienta; no sabe lo que le ha despertado. No puede volver a dormirse a causa del frío y del entumecimiento doloroso de sus miembros producido por su posición en el banco. Lentamente se sienta, bosteza y se estira. No es la forma de estirarse del que ha dormido en una cama. Es un esfuerzo gradual para suavizar la rigidez de todos los músculos y articulaciones de su cuerpo. Por último trata de meter un pie en uno de los zapatos que están junto al banco, pero el pie está demasiado frío. Lo frota. Desdobla la chaqueta, la sacude y se la coloca.
Otra vez penetra un ruido por la ventana enrejada. Se detiene. Escucha atentamente, con la mirada fija en la ventana. Ahora el sonido adquiere ritmo y propósito. Inmediatamente se da cuenta de su significado. Sus labios formulan algunas palabras en un frío murmullo:
El piquete de fusilamiento. Han vuelto.
Con frenético y temeroso apresuramiento, arrastra el pesado banco hasta colocarlo bajo la ventana y sube sobre él. Sus ojos quedan justamente sobre el nivel inferior de la ventana, pero aún no puede ver; sólo puede oír. Se restriega los ojos como para limpiarlos de la niebla, del sueño o para que puedan horadar la luz brumosa.
De pronto, una pequeña compañía de soldados aparece en su campo visual y se esfuerza para ver todo lo que sucede afuera. Se muerde las uñas nerviosamente. Ahora los soldados dan una vuelta y los prisioneros son empujados ante ellos. Ya había estado esperando esto. Reprime cualquier sonido. Mira como fascinada y sus labios van pronunciando algunas palabras, nombres, una lista:
Lino... Marcelo... Eugenio... Carlos... Juan...
De pronto se coge a los barrotes con ambas manos. Grita horrorizada:
No, no, no.
Nadie la oye. Su grito ha sido ahogado por la descarga del piquete. Después de un instante se desliza del banco y se sienta. Se acurruca y tirita un poco.
Intenta desahogarse con movimientos diversos. Trae sus zapatos hasta el banco. Se frota un pie y con dificultad lo introduce en el estrecho zapato. Algo dentro del zapato le impide ponérselo. De pronto recuerda. Introduce la mano hasta la punta del zapato y saca una pequeña lima de uñas. Prueba la punta en la palma de su mano. Se pone a limar una de sus recortadas uñas, rápida y ausentemente, como si ya hubiera usado ese medio para pasar el tiempo antes.
Un ruido viene del corredor. Mira fija y temerosamente a la puerta, con la lima inmovil por un instante; luego la introduce dentro del zapato. Cuando el ruido de pasos se acerca a la puerta ella, de pie, trata de mantenerse recta, echando atrás los hombros, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta, parada de modo que parece que está esperando un golpe.
La llave gira en la cerradura; la pesada puerta es abierta por un guarda uniformado, quien deposita alimentos en el suelo de la celda; luego se retira. Ella mira la comida.
Llévesela. No puedo comerla.
Otro hombre, un oficial, la mira fijamente un momento y luego cierra la puerta. El prisionero corre hacia ella, cambiando de actitud en un instante de ansiedad.
Espere. (Exclama) Espere.
Pero la puerta se ha cerrado y solo puede golpearla.
No lo han cogido. No han cogido a Pablo. Ví lo que les hicieron a los otros. Pablo no estaba con ellos. Huyó.
Deliberadamente, el hombre, al otro lado de la puerta dice dos palabras y se va. Ella las repite en un murmullo:
Mañana, Pablo. Mañana, Pablo. (Luego, golpeando la puerta de nuevo). No lo creo, ¿Me oye? No lo creo.
Pero los hombres se han ido. Está sola otra vez. Ante ella está el día y luego la noche; y la mañana le volverá a traer la luz a la ventana y el ruido de las marchas de los soldados.
Vuelve a sacar la lima y la toma en su mano con gesto de protección. Es su objeto más preciado y su último recuerdo. Su mirada va hacia la ventana. Se estremece.
No... le... creo. (Pero esta vez pronuncia estas palabras sin convicción).