UN ACTOR SE PREPARA
Fragmento tomado del libro de Constantin Stanislavski
CAPITULO
2
Cuando
la Actuación es un Arte
1
Se
nos reunió hoy a todos para hacernos saber la opinión del Director acerca de
la función de prueba. Y él dijo:
—Sobre
todo, hay que buscar lo mejor en el arte y tratar de entenderlo. Así,
comenzaremos por discutir los elementos positivos de la prueba. Hubo sólo dos
momentos dignos de notarse: el primero, cuando María se arrojó con su grito
desesperado: “¡Oh, socorredme!” y el segundo, menos breve, cuando Kostya
Nazvanov dijo: “¡Sangre, Yago, sangre!” En ambos casos, ustedes que
actuaban, y nosotros que les observábamos, nos entregamos mutuamente y por
completo a lo que sucedía en escena. Tales afortunados momentos, por si
mismos, pueden ser reconocidos como pertenecientes al arte de vivir una parte.
—¿Y
qué arte es ése? —pregunté.
—Lo
experimentó usted por sí mismo. Suponga que nos cuenta lo que sintió.
—No
lo sé, ni lo recuerdo —musité, confundido por el elogio de Tortsov.
—¿Qué?
¿No recuerda usted su conmoción interna? ¿No recuerda que sus manos, sus
ojos, todo su cuerpo trataban de posesionarse de algo, y no recuerda cómo
mordía sus labios y apenas contenía las lágrimas?
—Ahora
que usted me lo dice, creo recordarlo —confesé.
—Pero
sin decírselo yo, ¿usted no hubiera sabido, ni comprendido, la manera en que
sus sentimientos encontraron expresión?
—No.
Admito que no.
—¿Actuaba
usted, entonces, subconscientemente, intuitivamente? —concluyó.
—Quizá.
No lo sé. Pero ¿eso es bueno o es malo?
—Muy
bueno, si su intuición le lleva por el camino debido, y muy malo, si se
equivoca —explicó Tortsov—. Durante su actuación no le engañó y lo que
nos ofreció usted en esos breves momentos fue excelente.
—¿Verdaderamente
lo fue? —pregunté.
—Sí.
Porque lo mejor que puede suceder es que el actor se deje llevar completamente
por la obra. Entonces, sin que importe a su voluntad, aun no queriéndolo,
vive su parte, sin darse cuenta de cómo siente, sin pensar en qué hace,
y todo marcha por su propio acuerdo, intuitiva, subconscientemente. Salvini
decía: “Un gran actor debería estar completamente dotado de sensibilidad,
y debería, especialmente, sentir lo que interpreta. Debe sentir la emoción
no solamente una y otra vez mientras estudia su parte, sino en mayor o menor
grado cada vez que actúa, no importa que sea esa la primera o la milésima
vez. Desgraciadamente —siguió Tortsov— esto no está dentro de nuestro
control. Nuestro subconsciente es inaccesible a nuestra conciencia. No podemos
penetrar en ese dominio. Si por algún motivo penetramos en él, entonces el
subconsciente se torna consciente y muere.
“El
resultado es un predicamento: se supone que creamos por inspiración, y sólo
nuestro subconsciente nos la da. Y por otra parte, aparentemente sólo podemos
emplear esta fuerza del subconsciente a través de la conciencia, que la
destruye.
“Afortunadamente,
hay otro camino: encontramos la solución de un modo indirecto. En el alma
humana hay ciertos elementos sujetos a la conciencia y a la voluntad. Estos,
que son accesibles, son también aptos, a su vez, para actuar en un proceso psíquico
que es involuntario.
“Seguramente,
esto precisa una labor de creación en extremo complicada, que es conducida,
en parte, bajo el control de la conciencia, pero que, en otra parte mucho
mayor, es subconsciente e involuntaria.
“Para
despertar el subconsciente a la labor creadora hay una técnica especial. Debe
dejarse todo lo que es, en el más amplio sentido, subconsciente a la
naturaleza, y dirigirnos por nosotros mismos a aquello que está en los límites
de nuestro alcance. Cuando el subconsciente, cuando la intuición entran en
nuestra labor, debemos saber cómo no interferirla.
“No
se puede crear siempre subconscientemente y sólo por inspiración. No existe
tal genio en el mundo. Es por eso que nuestro arte nos enseña primero que
nada a crear consciente y debidamente, porque esto constituye la preparación
mejor para el florecimiento del subconsciente, que es inspiración. Mientras más
sean los momentos de creación consciente en una parte o en un rol, mayor
ocasión habrá para que fluya la inspiración. “Usted puede actuar bien o
mal; lo importante es que actúe verdaderamente”, escribió Shchepkin a su
discípulo Shumski.
“Y
actuar verdaderamente significa ser lógico, coherente, pensar, esforzarse,
sentir y obrar de acuerdo con su papel.
“Si
ustedes toman estos procesos internos y los adaptan a la vida espiritual y física
de la persona que representan, podemos decir que viven su parte. Esto es de
suma importancia en la labor creadora. Además del hecho de que abre vías a
la inspiración, vivir la parte ayuda al actor a alcanzar uno de sus
principales objetivos. Su tarea no es representar meramente la vida externa de
un personaje. Debe adaptar sus propias cualidades humanas a la vida de esa
otra persona y poner en ello toda su propia alma.
“El
objetivo fundamental de nuestro arte es la creación de esta vida interna de
un espíritu humano, y su expresión en forma artística.
“He
aquí por qué empezamos por considerar el aspecto interno de un rol, y cómo
crear su vida espiritual a través de la ayuda del proceso interno por el que
vivimos la parte. Ustedes deben vivirla realmente experimentando sentimientos
análogos a ella, cada una y todas las veces que repitan el proceso de
crearla.
—¿Por
qué el subconsciente depende de esa manera del consciente? —pregunté.
—Me
parece completamente normal —fue la respuesta—. El uso del vapor, la
electricidad, el viento, e1 agua u otra energía natural, sin voluntad,
depende de la inteligencia de un ingeniero. Nuestro poder subconsciente no
puede funcionar sin su propio ingeniero: nuestra técnica consciente. Sólo
cuando un actor siente que su vida interna y externa en la escena fluyen, y
que se realizan de una manera natural y normal en las circunstancias que le
rodean, es cuando las más profundas fuentes de su subconsciente se abren sin
esfuerzo, y de ellas nacen sentimientos que no siempre podemos analizar. Por
un espacio mayor o menor de tiempo se posesionan de nosotros siempre que algún
instinto interno lo ordene. No entendiendo ni pudiendo estudiar este poder que
así los gobierna, nosotros, los actores, le llamarnos simplemente naturaleza.
“Pero
si usted quebranta las leyes de la vida orgánica normal y ésta deja de
funcionar debidamente, entonces este subconsciente, altamente sensitivo, se
siente afectado y deja de actuar. Para impedir esto, planee primero,
conscientemente, su rol, luego actúelo con veracidad. En este punto el
realismo, y aun el naturalismo, en la preparación interna de una parte, es
esencial, porque hace que el subconsciente trabaje y que brote la inspiración.
—De
lo que usted nos ha dicho, infiero que para estudiar nuestro arte debemos
asimilar o adquirir una técnica psicológica de cómo vivir una parte, y que
eso nos ayudará a cumplir nuestra finalidad principal, que es crear la vida
de un espíritu humano —dijo Paul Shustov.
—Es
correcto, pero no completo —replicó Tortsov—. Nuestra finalidad no es sólo
crear la vida de un espíritu humano, sino también “expresarla en forma artística,
bella”. Un actor está obligado a vivir su parte de una manera internamente
controlada, cuidadosamente, y dar cuerpo, externamente, a su experiencia. Le
pido que note, en especial, que la dependencia del cuerpo respecto al alma es
particularmente importante en nuestra escuela de arte. A fin de expresar
una más delicada y completa vida subconsciente, es necesaria tener control de
un aparato físico y vocal excepcionalmente responsable, excelentemente
preparado. Este aparato debe estar listo, al instante, para reproducir
exacto y fiel los más delicados e inclusive todos los intangibles
sentimientos con gran sensibilidad y exactitud. He aquí por qué un actor
de nuestro tipo está obligado a trabajar mucho más que otros, tanto en
su preparación interna, que crea la vida de la parte, como en su aparato
externo, que debe reproducir con precisión los resultados de la labor
creadora de sus emociones.
“Aun
exteriorizar un papel, es algo grandemente influenciado por el subconsciente.
De hecho, ninguna técnica artificial, teatral, puede nunca compararse con las
maravillas que la naturaleza pone de manifiesto.
“He
señalado a ustedes hoy, en líneas generales, lo que consideramos esencial.
Nuestra experiencia nos ha llevado a adquirir una firme creencia de que sólo
el arte de esta clase, empapado como está de experiencias vivas de seres
humanos, puede artísticamente reproducir los impalpables fondos, sombras y
matices de la vida. Sólo un arte como este puede absorber por completo al
espectador, y hacerle comprender y experimentar internamente los sucesos que
se desarrollan en la escena, enriqueciendo su vida íntima y dejándole
impresiones que no se borran con el tiempo.
“Más
aún, y esto es de primera importancia: las bases orgánicas de las leyes
de la naturaleza, en las que nuestro arte se funda, les protegerán, en el
futuro, de caer en el camino errado. ¿Quién sabe bajo qué directores, o
en qué teatros trabajarán ustedes? No en todas partes ni con todos encontrarán
una labor creadora basada en la naturaleza. En la gran mayoría de los
teatros, los actores y productores violan de continuo la naturaleza en la
forma más vergonzosa. Pero si ustedes están seguros de conocer los límites
del verdadero arte, y las leyes orgánicas naturales, no se perderán, siempre
serán capaces de notar y entender sus errores y corregirlos. Es esta la razón
de que el estudio de los fundamentos de nuestro arte sea el principio del
trabajo de cada actor estudiante.
—Sí,
sí —exclamé—. Me siento feliz por haber dado un paso, aunque haya sido
uno solo, en esa dirección.
—No
tan aprisa —objetó Tortsov—. De otra manera sufrirá la más amarga
desilusión. No confunda lo que es vivir una parte con lo que nos mostró en
escena.
—Entonces,
¿qué fue lo que hice?
—Yo
le he dicho que en toda esa gran escena de “Otelo” hubo sólo unos
momentos en los que usted logró vivir la parte. Y partí de ello para
ilustrar a usted y a todos los demás estudiantes sobre los fundamentos de
nuestro tipo de arte. Por demás, si hablamos de la escena entera entre Otelo
y Yago, ciertamente no podemos decir que sea de ese tipo.
—¿Qué
es, entonces?
—Es
lo que llamamos actuación forzada —definió el Director.
—Y
¿qué es eso? —pregunté, molesto.
—Cuando
se actúa como usted hizo —explicó—, hay momentos aislados en que de
pronto, e inesperadamente, se alcanzan grandes alturas y se conmueve al público.
En esos momentos usted está creando según su inspiración, como si
improvisara. Pero ¿seria usted suficientemente capaz, o bastante fuerte física
y espiritualmente para actuar los cinco grandes actos de “Otelo” a la
misma altura a que accidentalmente llegó en un momento de una breve escena?
—No
lo sé —contesté en conciencia.
—Yo
sé, incuestionablemente, que tal empresa estaría más allá de las
posibilidades no sólo de un genio de temperamento extraordinario, sino aun de
un verdadero Hércules —replicó Tortsov—. Para nuestros propósitos
debemos contar, además del auxilio de la naturaleza, con una técnica psicológica
bien elaborada, un gran talento, y grandes reservas físicas y nerviosas.
Usted todavía no tiene todo esto; no tiene nada más que lo que hace a los
actores que no admiten la técnica. Estos, como usted, confían por entero en
la inspiración. Si esta inspiración no se produce, ni usted ni ellos tienen
con qué substituirla. Sufre usted descensos en la tensión de sus nervios al
actuar su parte, completa impotencia artística, y actúa a la manera ingenua
de un aficionado. De este modo su actuación está desprovista de vida,
inflada. Consecuentemente los momentos de altura se alternan con la
sobreactuación.
2
Algo
más nos dijo hoy Tortsov sobre el tema. Cuando llegamos al salón, se volvió
a Paul diciéndole:
—
Usted también nos dio momentos interesantes, pero eran más bien típicos del
“arte de representación”. Ahora, ya que demostró satisfactoriamente esa
otra manera de actuar, ¿por
—Fui
directamente al contenido interno del rol, y lo estudié por mucho tiempo
—comenzó Paul—. En casa me pareció vivir realmente la parte, en algunos
ensayos había ciertos lugares en que así lo sentía. Por lo tanto, no sé lo
que el “arte de representar” tiene que ver con ello.
—En
él el actor vive también su parte —dijo Tortsov—. Esta relativa
identidad con nuestro método es lo que hace posible considerar este otro tipo
de arte como verdadero también.
“Sin
embargo, su objetivo es diferente. El actor vive su par. te como una preparación
para perfeccionar una forma externa. Una vez que así la ha determinado a su
satisfacción, reproduce esa forma con la ayuda de sus músculos mecánicamente
entrenados. De aquí que, en esa otra escuela, vivir la parte no es el momento
capital de la creación como en la nuestra, sino una de las fases
preparatorias para un trabajo artístico más extenso.
—Pero
Paul hizo uso de sus propios sentimientos en su actuación —afirmé yo.
Algunos
más estuvieron de acuerdo conmigo, e insistieron en que la actuación de
Paul, como la mía, había tenido momentos, aquí y allá, en que
verdaderamente vivíamos la parte alternados con muchos otros de actuación
incorrecta.
—No
—insistió a su vez Tortsov—. En nuestro arte debe vi-. vitae la parte
en todos los momentos en que se actúa, en todo tiempo y cada vez. Debe
ser vivida y encarnada nuevamente, con frescura, cada vez que es recreada.
Esto puede aplicarse a los escasos momentos felices de la actuación de
Kostya. Pero no encontré frescura en la de Paul, ni cuando sentía su parte
ni cuando improvisaba. Al contrario, hay que asombrarse del cuidado y el
acabado artístico que requieren, y logran en ocasiones, una forma y un método
de actuar permanentes, fijos, y que por tanto se producen con cierta frialdad
interna. Como quiera que sea, yo sentí, en esos momentos de la actuación de
Paul, que el original, del que veía sólo una copia artificial, había
sido bueno y verdadero. Este eco de un proceso anterior al de vivir la
parte, hizo de su actuación, en ciertos momentos, un real ejemplo del arte de
representación.
—¿Cómo
podía haberlos tenido mediante un arte de mera reproducción? —Era algo que
Paul no entendía.
—Encontremos
la respuesta por usted mismo. Díganos algo sobre cómo preparó su Yago
—sugirió el Director.
—Para
estar seguro de que mis sentimientos se reflejarían exteriormente, usé un
espejo.
—Eso
es peligroso —puntualizó Tortsov—. Deben ustedes tener mucho cuidado
con el uso del espejo. Enseña al actor a
—Sin
embargo, me ayudó a ver cómo mi exterior reflejaba mis sensaciones
—insistió Paul.
—¿Sus
propias sensaciones, o aquéllas que preparó para su parte?
—Las
mías, pero aplicadas a la parte —explicó Paul.
—En
consecuencia, mientras trabajaba con el espejo, usted estaba interesado no
tanto en su exterior, en su apariencia general, sus gestos, sino
principalmente en la manera como usted exteriorizaba sus Intimas sensaciones.
—¡Exactamente!
—exclamó Paul.
—Eso
es también típico —observó Tortsov.
—Y
recuerdo cuán satisfecho estaba cuando veía reflejarse correctamente lo que
sentía —siguió recordando Paul.
—¿Quiere
usted decir que fijó métodos a la expresión de sus sentimientos, dándoles
una forma permanente? —preguntó Tortsov.
—Llegaban
a fijarse por sí mismos mediante la repetición.
—Entonces,
en fin, ¿usted elaboró una forma externa definida para la interpretación de
ciertas partes de su rol, siendo capaz de obtener su expresión externa a través
de la técnica? —preguntó Tortsov, interesado.
—Evidentemente
sí —admitió Paul.
—¿Y
hacía usted uso de esa forma cada vez que repetía su papel? —siguió el
Director.
—Evidentemente
lo hacía.
—Ahora
dígame: ¿esta forma establecida llegaba a usted, cada vez, a través de un
proceso interno, o bien una vez nacida la repetía usted mecánicamente, sin
la intervención de ninguna clase de emociones?
—Me
parecía vivirla cada vez —declaró Paul.
—No;
esa no fue la impresión que tuvimos los espectadores
—refutó
Tortsov—. Lo que usted ha hecho es lo que hacen los actores de la escuela
que discutimos: primero sienten la parte, pero una vez que lo han hecho no
vuelven a sentirla más; meramente recuerdan y repiten movimientos externos,
entonaciones, expresiones ya elaboradas desde el principio, y esa repetición
carece de emotividad. A menudo su técnica es muy hábil, y son capaces de
hacer toda su parte con técnica solamente y sin desgastar sus nervios. De
hecho, generalmente piensan que es poco conveniente sentir, una vez que tienen
decidido cuál es el patrón que seguirán. Piensan que así están más
seguros de dar una buena actuación, con sólo recordar cómo fue ésta la
primera vez que la lograron. Y esto puede aplicarse, en cierto grado, a los
momentos que se hicieron notar en su Yago. Trate de recordar lo que sucedió a
medida que usted trabajaba.
Paul
reconoció no haber estado satisfecho con su trabajo en otras partes del
papel; o con la apariencia de Yago en su espejo. Y finalmente, que trató de
reproducir la apariencia de alguien a quien él conocía, cuyo aspecto podía
tomarse por un buen ejemplo de maldad y disimulo.
—¿Y
usted creyó poder adaptar el aspecto de esa persona a sus propios fines?
—inquirió Tortsov.
—Sí
—asintió Paul.
—Bien,
¿entonces qué hacia usted con sus propias cualidades?
—A
decir verdad, simplemente quise tomar el aspecto exterior de mi conocido
—confesó Paul con franqueza.
—Ese
fue un gran error —replicó Tortsov—. En este punto usted llegaba a hacer
una pura imitación, que nada tiene que ver con la creación.
—¿Qué
debí hacer entonces? —preguntó Paul.
—Debió,
primero, asimilar el modelo. Eso es complicado. Hay que estudiarlo desde
diversos puntos de vista: la época, el tiempo, el país, condiciones de vida,
antecedentes, literatura, psicología, el alma misma, manera de vivir, posición
social, y apariencia externa; más aún: carácter tanto como modales, manera
de vestir, modo de moverse, de hablar, la voz y sus entonaciones. Todo este
trabajo, como material, le ayudará, compenetrándolo con sus propios
sentimientos. Sin todo esto, no habrá arte en su labor.
“Cuando,
de este material emerge una viva imagen del personaje, el artista de la
escuela de representación transfiere aquélla a sí mismo. Esta labor queda
concretamente descrita por uno de los más notables representantes de esta
escuela, el famoso actor francés Coquelin el viejo: “El actor crea su
modelo en la imaginación, y luego, como hace el pintor, toma cada rasgo de ése
y lo reproduce en si mismo, como aquél en la tela... Toma el traje de Tartufo
y se lo pone, nota su porte, su manera de andar, y los imita; su fisonomía la
adapta a la propia, adapta a ella su propio rostro. Habla con la misma voz con
la que ha oído hablar a Tartufo; y hace, debe hacer que esta persona a la que
se adapta, se mueva, camine, gesticule, escuche y piense como Tartufo. En
otras palabras, transforma su alma en la de aquél. Listo el retrato, sólo
necesita marco, esto es, llevarlo a escena. Y, entonces, el público dirá:
“Ese es Tartufo”, o “El actor no ha hecho un buen trabajo”.
—Pero
todo eso es terriblemente difícil y complicado —opuse, convencido.
—Cierto.
El mismo Coquelin lo admite. Dice: “El actor no vive, actúa. Permanece
indiferente hacia el objeto de su
“La
respuesta precisa para la escuela de representación es que: “el arte no es
vida real, ni aun siendo su reflejo. Arte es, en sí mismo, creación; crea su
propia vida, bella en su abstracción, y más allá de los límites del tiempo
y del espacio. Por cierto, no podemos estar de acuerdo con tan presuntuoso
reto de ese único y perfecto, inasequible artista que es nuestra naturaleza
creadora.
“Artistas
de la escuela de Coquelin razonan como sigue:
El
teatro es una convención, y la escena demasiado pobre en recursos para crear
la ilusión de la vida real; por lo tanto, el teatro no debe evitar lo
convencional... Este tipo de arte es menos profundo que bello, es más
inmediatamente efectivo que realmente fuerte; en él la forma interesa más
que el contenido. Actúa más sobre los sentidos de la vista y el oído que
sobre el alma misma. En consecuencia, es más para deleitar que para conmover.
“Ustedes
podrán quedar grandemente impresionados con ese arte. Pero nunca penetrará
profundamente en su espíritu ni lo confortará, Su efecto es agudo, pero no
perdurable. El asombro, más que la fe, es lo que despierta; sólo aquello que
puede realizarse a través de una sorprendente belleza teatral, o a través de
lo patético e impresionante, pertenece a sus dominios. Pero los sentimientos
humanos, delicados y profundos, no son sujeto para su técnica. Estos
requieren emociones naturales en el mismo momento en que aparecen ante
nosotros, encarnados. Requieren una directa cooperación de la naturaleza
en sí misma. No obstante, representar la parte, ajustándose
parcialmente a nuestro propio proceso, debe ser reconocido como arte creativo.
3
En
nuestra lección de hoy, Grisha Govorkov dijo que él siempre habla sentido
profundamente lo que hacia en escena.
A
esto Tortsov comentó:
—Todos
en la vida, a cada momento, deben sentir algo. Sólo los muertos carecen de
sensaciones. Lo importante es saber qué es lo que se siente en escena, porque
a menudo sucede que hasta el más experimentado actor tiene su vida privada y
lleva consigo a la escena algo que no es ni importante ni esencial para su
papel. Y esto les sucedió a todos ustedes. Algunos estudiantes lucían su
voz, sus entonaciones de efecto, su
“En
cuanto a usted, Govorkov, ni se acercó siquiera al contenido interno del
suyo, ni lo vivió ni lo representó, sino que hizo algo completamente
diferente.
—¿Qué
hice? —se apresuró a preguntar Grisha.
—Actuar
mecánicamente. Sin duda, no una mala actuación de esta clase, habiendo más
bien elaborado métodos de representar un papel ilustrándolo
convencionalmente.
Omitiré
la larga discusión que promovió Grisha, yendo directamente a la explicación
que dio Tortsov sobre las fronteras que separan el arte verdadero de la
actuación mecánica.
—No
puede haber arte verdadero sin vida. Este comienza donde el sentimiento se
compenetra con él.
—¿Y
la actuación mecánica? —preguntó Grisha.
—Comienza
donde termina el arte creativo. En la actuación mecánica no hay lugar para
ningún proceso vivo, y si éste aparece es sólo por accidente.
“Ustedes
entenderán esto mejor cuando reconozcan los orígenes y métodos de la
actuación mecánica, que caracterizamos como “sellos de goma”. Para
reproducir sentimientos deben ustedes ser capaces de identificarlos por
haberlos experimentado. Como los actores que actúan mecánicamente no los
experimentan, no pueden reproducir su efecto exterior.
“Con
la ayuda de la mímica, la voz y sus ademanes, el actor mecánico ofrece al público
nada más que la máscara inanimada de sentimientos no existentes. Para ello,
ha sido elaborada una gran variedad de efectos puramente pintorescos que
pretenden caracterizar toda clase de sentimientos valiéndose de medios
puramente externos.
“Algunos
de estos clichés establecidos han llegado a ser tradicionales, pasando de una
generación a otra. Así por ejemplo, extender la mano sobre el corazón para
significar amor, o abrir ampliamente la boca para dar idea de muerte. Otros
son procedimientos ya hechos, tomados de talentosos actores contemporáneos
(así, frotarse la frente con el dorso de la mano, como Vera Komissarzhevskaya
acostumbraba hacer en sus momentos trágicos). Otros medios semejantes son
creados por los actores mismos.
“Hay
entre ellos especiales maneras de recitar un papel, en dicción y expresión;
por ejemplo, tonos exageradamente agudos o bien graves en los momentos críticos
del papel, con trémolos específicamente teatrales o especiales retoques
declamatorios. Hay también métodos en cuanto al movimiento físico: actores
que no caminan sino “progresan”, avanzan lentamente en la escena; y en
cuanto a los ademanes y la acción, tratan de lograr un movimiento plástico.
Hay métodos para expresar todo sentimiento, toda pasión humana: mostrar los
dientes y volver los ojos en blanco para demostrar celos, cubrir ojos y cara
con las manos en vez de llorar, mesar y arrancarse los cabellos para mostrar
desesperación. Hay maneras de imitar toda clase de tipos y gente de
diferentes clases sociales: los campesinos escupen en el suelo, se suenan la
nariz con las faldas de la camisa o con la manga, los militares hacen sonar
sus espuelas, los aristócratas juegan con sus impertinentes. Otras maneras
caracterizan épocas: ademanes operáticos para la Edad Media, andar a pasos
cortos para el siglo dieciocho. Estos modos, métodos hechos de la actuación
mecánica, son adquiridos fácilmente mediante un constante ejercicio, hasta
llegar a ser una segunda naturaleza.
“El
tiempo y el hábito constante hacen, aun de aquellas cosas deformadas e
insensatas, algo preferido y familiar. Ejemplos de ello son: el cortesano
encogerse de hombros de la Opera Cómica, las viejas tratando de aparecer jóvenes,
las puertas que se abren y cierran solas con las entradas o salidas del héroe.
El ballet, la ópera, y especialmente la tragedia pseudoclásica, están
llenos de tales convencionalismos, y por medio de estos siempre invariables métodos
esperan reproducir las más complicadas experiencias de sus héroes.
Igualmente el hacer como si se arrancase el corazón del fondo del pecho en
los momentos desesperados, sacudir los puños en señal de venganza o elevar
los brazos al cielo en ademán de súplica.
“Para
los actores mecánicos, el objeto del recitado teatral y la plástica de
movimientos (exagerada dulzura en los momentos líricos, pesada monotonía en
los trozos poético-épicos, hablar silbando para expresar villanía, lágrimas
falsas en la voz para expresar la pena), agravar la voz, exagerar dicción y
ademanes, es dar mayor relieve al actor y hacer más poderoso el efecto de su
teatralidad.
“Desgraciadamente
hay mucho más de mal gusto en el mundo, que de bueno. Para reemplazar la
dignidad, una especie de exhibicionismo ha sido creado, y una elaborada
lindeza para sustituir la belleza, el efecto meramente teatral a cambio de una
efectiva expresividad.
“Lo
peor es que estos clichés llenarán las lagunas de un rol cuando éste no
se halla sólidamente basado en sentimientos vivos, en sensibilidad
verdadera. Más aún, a menudo se anticipan al sentimiento, le obstruyen el
camino: he aquí por qué el actor debe protegerse, del modo más consciente,
de tales
vicios
y recursos. Y esto es verdad, aun tratándose de bien dotados actores, capaces
de lograr la verdadera creación.
“No
importa cuan cuidadoso pueda ser un actor en la elección de lo convencional
en la escena: la cualidad mecánica inherente a ello le impedirá conmover
realmente al espectador. Deberá contar con algunos medios suplementarios para
esto, y así se refugia en lo que llamamos emociones teatrales:
“Si
ustedes aprietan los puños fuertemente y entiesan los músculos del cuerpo o
respiran con espasmos, pueden lograr un estado de gran tensión física. Esto
es a menudo tomado por el público como la expresión de un poderoso
temperamento excitado por la pasión.
“Actores
de un tipo más nervioso pueden despertar emociones teatrales por medio de una
artificial exaltación de sus nervios; esto produce una cierta histeria
teatral, un estado de éxtasis insano que de ordinario es tan falto de
contenido interno como la forzada excitación física”.
4
En
la lección de hoy, el Director continuó discutiendo la función de prueba.
El pobre Vanya Vyuntsov llevó la peor par. te: Tortsov no reconoció su
actuación, ni siquiera como mecánica.
—¿Qué
fue entonces? —pregunté yo.
—La
más repulsiva muestra de sobreactuación —contestó el Director.
—Yo
al menos, ¿no tuve nada de eso? —aventuré.
—Ciertamente
que sí —replicó Tortsov.
—¿Cuándo?
—exclamé—. Usted mismo dijo que yo había actuado.
—Ya
expliqué que su actuación había destacado momentos de creación verdadera,
alternados con otros de...
—¿De
actuación mecánica? —La pregunta se me escapó.
—Eso
sólo puede desarrollarse por medio de una larga labor, como el caso de
Grisha, y usted nunca pudo tener tiempo para crear tal método. He aquí por
qué nos dio una exagerada imitación de un salvaje, empleando los medios
estereotipados de la peor clase, como un aficionado, y en los cuales no había
ni señal de técnica. Hasta la actuación mecánica tiene que contar con
la técnica para lograrse.
—¿Pero
dónde pude adquirir esos “sellos de goma” siendo que ésta es la primera
vez que piso las tablas? —dije.
—Lea
usted “Mi Vida en el Arte”. Allí encontrará la historia de dos muchachas
que no habiendo visto nunca una función de teatro, ni siquiera un ensayo,
actuaron una tragedia con los más viciosos y triviales clichés. Usted también
tiene muchos de éstos, por fortuna.
—¿Por
fortuna? ¿Por qué dice usted...?
—Porque
son más fáciles de combatir que la actuación mecánica fuertemente
arraigada —dijo el Director—. Principiantes como usted, si tienen talento,
pueden accidentalmente y durante algún tiempo llenar bien un papel, pero no
reproducirlo en forma artística sostenida, y por tanto siempre tienen como
recurso el exhibicionismo. Al principio esto no es perjudicial, pero nunca
debe olvidarse de que lleva en sí mismo el germen de un gran peligro. Y usted
debe luchar contra él desde el primer momento, para que no pueda desarrollar
hábitos que le malogren como actor, desviando sus dotes naturales.
“Tome
su propio ejemplo. Usted es inteligente, ¿por qué, entonces, en su exhibición
de prueba, a excepción de breves momentos, actuó absurdamente? ¿Puede creer
de veras que los moros, que en una época fueron renombrados por su cultura,
eran como animales salvajes, como bestias enjauladas? El salvaje que usted
encarnó, aun en una tranquila conversación con su padre, rugiría, le
mostraría los dientes, y volvería en blanco los ojos. ¿De dónde sacó
usted tal semblanza de su rol?
Entonces
di a Tortsov detallada cuenta de casi todo lo que había escrito en mi diario
sobre el trabajo de mi papel en casa. Para que mejor se diera cuenta, puse
algunas sillas de acuerdo con la posición que tenían en mi propio cuarto.
Por momentos, mientras yo hacía mi demostración, Tortsov se reía a más no
poder.
—Eso
es lo que le muestra a usted cómo se empieza la peor clase de actuación
—dijo, cuando terminé—. Cuando usted se preparaba para la función de
prueba quiso tomar el rol desde el punto de vista de la impresión en los
espectadores. ¿Con qué medios? ¿Con verdaderos sentimientos orgánicos, que
correspondieran a los del personaje que interpretaría? Con ninguno de estos. No
tenía usted ninguno. Ni siquiera logró la imagen viva y completa que pudo
obtener si la hubiera, sólo en lo exterior, copiado. ¿Qué le quedaba por
hacer? Prenderse de la primera idea que de pronto se le ocurrió. Su mente está
llena de muchas de estas cosas, que ha almacenado, y que están listas para
cualquiera ocasión. Cada impresión, de una manera o de otra, permanece en
nuestra memoria y puede ser usada cuando se necesite. En esas ocasiones de
impresión repentina., una descripción inmediata o general basta, sin que
“Y
eso es lo que le sucedió. Usted fue tentado por la apariencia externa general
de un negro, y se apresuró a reproducirla sin pensar para nada en lo que
Shakespeare escribió. Quiso lograr una caracterización externa, que le
pareció efectiva, vívida y fácil de reproducir. Es lo que sucede siempre
que un actor no tiene a su disposición un caudal de material vivo tomado de
la vida misma. Usted podrá decir a cualquiera de nosotros: “Caracterice de
inmediato, sin preparación ninguna, un salvaje”. Le apuesto a que la mayoría
haría precisamente lo que usted hizo. Porque moverse precipitadamente, rugir,
mostrar los dientes, volver los ojos en blanco, desde tiempo inmemorial son
cosas que en la imaginación se han infiltrado como la idea, falsa, de un
salvaje. Todos estos métodos de animar sentimientos en general, existen en
cada uno de nosotros, y se usan sin ninguna relación al por qué, al motivo,
o las circunstancias en las cuales una persona los ha experimentado.
“En
tanto que la actuación mecánica hace uso de patrones ya elaborados para
sustituir sentimientos, la sobreactuación toma las convenciones humanas
generales que primero se presentan y las usa sin siquiera afinarlas o
prepararlas para la escena. Esto es comprensible y excusable en un
principiante como usted. Pero tenga cuidado en lo futuro, porque la
sobreactuación del aficionado puede desarrollar la peor clase de actuación
mecánica en el actor.
“Primero,
trate de evitar toda relación incorrecta en su trabajo> y a este fin
estudie las bases de nuestra escuela de arte, que son las bases de vivir la
parte. Segundo, no repita una especie de labor tan falta de sentido como la
que ha hecho y acabamos de comentar. Tercero, nunca se permita caracterizar en
lo exterior nada que no haya cuidadosa e íntimamente experimentado, y que no
haya sido siquiera interesante para usted.
“Una
verdad artística es difícil de lograrse, pero nunca defrauda. Es cada vez más
grata, penetra más profundamente, siempre, hasta que posee por completo al
artista, al mismo tiempo que a los espectadores. Un papel cimentado en la
verdad, progresa; por el contrario, el que se hace sobre un patrón
estereotipado, decae.
“Lo
convencional pronto cansa. No es capaz por sí mismo de conmover, en
cualquiera ocasión como en la primera, cuando erróneamente se le tomó por
inspiración.
“Hay
que añadir a todo esto las condiciones en que se desarrollan las actividades
teatrales, la publicidad al servicio de la labor de los actores, la
dependencia que éstos tienen, para su éxito, del público, y el deseo que se
deriva de todas estas condiciones, de impresionar por cualquier medio. Estos
estímulos profesionales con mucha frecuencia se apoderan del actor, aun
cuando haga un papel ya establecido, y no mejoran la calidad de su trabajo;
por el contrario, le influencian conduciéndolo al exhibicionismo, y
reforzando los métodos estereotipados de que hace uso.
“En
el caso de Grisha, él ha trabajado realmente sobre moldes convencionales,
“sellos de goma”, con el resultado de que siendo suyos son más o menos
buenos. Pero los que usted empleó fueron malos porque ni siquiera los trabajó.
He aquí por qué llamé a la labor de Grisha más bien una actuación mecánica
decente, y a la parte infortunada de la actuación de usted la consideré una sobreactuación
de aficionado.
—En
resumen, ¿mi actuación fue una mezcla de lo peor y lo mejor de nuestra
profesión?
—No,
no realmente lo peor —dijo Tortsov—. Lo que otros hicieron fue aún más
malo. Sus defectos de aficionado son remediables, pero los errores de otros
demuestran un principio, una causa consciente que es bien difícil de cambiar
o de desarraigar del artista.
—¿Qué
es ello?
—La
explotación del arte.
—¿En
qué consiste? —preguntó uno de los estudiantes.
—¿En
lo que Sonya Veliaminova hizo?
—¡Yo!
—la pobre muchacha saltó de su asiento, sorprendida—. ¿Qué hice yo?
—Mostrarnos
sus manos, sus piececitos, toda su persona. porque en el escenario podían
lucir mejor —contestó el Director.
—¡Qué
pena! ¡Yo no me di cuenta!
—Es
lo que sucede siempre cuando un hábito es realmente fuerte.
—¿Por
qué me elogió usted, entonces?
—Porque
sus manos y sus pies son bonitos.
—¿Y
qué fue lo malo?
—Lo
malo fue que usted coqueteó con el público, en lugar de interpretar a
Catalina. Comprenderá que Shakespeare no escribió “La Fierecilla Domada”
para que una estudiante llamada Sonya Veliaminova pudiera mostrar al público
su lindo pie, o flirteara con sus admiradores desde el escenario. Shakespeare
tuvo en cuenta un fin diferente, al que usted permaneció ajena, y que por
tanto no nos dio a conocer. Desgraciadamente, nuestro arte es a menudo
explotado con fines personales. Usted lo ha hecho también, para lucir su
belleza. Otros lo hacen para ganar popularidad o éxito temporal, o para hacer
carrera. En nuestra profesión ese es un fenómeno común, y yo me apresuro a
oponerme a ello en su caso.
“Ahora
recuerden, sin olvidarlo, lo que voy a decirles:
“En
todo caso —continuó Tortsov, volviéndose al resto de nosotros—, sólo en
teoría podemos dividir el arte en categorías. En la práctica, todas las
escuelas, juntas, se mezclan. Es desgraciadamente cierto ver, con frecuencia,
a grandes artistas descender, por debilidad humana, a la actuación mecánica,
como también sucede que actores mecánicos se eleven por momentos a las
alturas del arte verdadero.
“Al
lado de momentos de actuación mecánica, vemos vivir una parte,
representarla, o la mera explotación del arte. Es por esto que se hace tan
necesario a los actores reconocer las fronteras del arte.
Era
completamente claro para mi, después de oír las explicaciones de Tortsov,
que la función de prueba más nos habla perjudicando que beneficiado.
—No
—protestó él cuando se lo dije—. La función mostró a ustedes lo que no
debe hacerse nunca en la escena.
Al
concluir la discusión, el Director anunció que al día siguiente, además de
nuestro trabajo con él, comenzaríamos a hacer ejercicios regulares, con el
propósito de desarrollar nuestras voces y nuestro cuerpo: lecciones de canto,
gimnasia, danza y esgrima. Estas clases se impartirían diariamente, porque el
desarrollo de los músculos del cuerpo humano requiere un sistemático y
consumado ejercicio, y esto durante mucho tiempo.