UN ACTOR SE PREPARA
Fragmento tomado del libro de Constantin Stanislavski
CAPITULO
4
Imaginación
1
El
Director nos pidió que fuésemos hoy a su apartamento a tomar nuestra lección.
Nos hizo sentar y acomodarnos en su estudio, y empezó:
—Ustedes
saben ahora que nuestra labor en una obra comienza con el empleo del si como
una palanca que nos levanta de la vida diaria al plano de la imaginación. La
obra, y sus partes, son la invención, el producto de la imaginación del autor;
un todo hecho del si considerado en diversos momentos y de circunstancias
dadas, creadas por aquél. El Arte es un producto de la imaginación, como debe
serlo el trabajo de un dramaturgo. La finalidad de un actor debe ser emplear su
técnica para convertir la obra en una realidad teatral. Y en este proceso la
imaginación juega, con mucho, la parte más considerable.
Señaló hacia las paredes del estudio, cubiertas con todos los diseños imaginables para decorados y escenarios.
—Miren ustedes —nos dijo—, todos estos son trabajos de uno de mis artistas preferidos, ya muerto. Era un hombre extraño, que gustaba de diseñar sets para obras que aun no se habían escrito. Tomen por ejemplo éste para el último acto de la obra que Chejov planeaba escribir apenas antes de su muerte, acerca de una expedición perdida en las heladas regiones del Norte.
“¿Quién
creería —añadió— que esto fue pintado por un hombre que en toda su vida
no pasó más allá de los suburbios de Moscú? Hizo una escena ártica sacada sólo
de lo que veía alrededor suyo, aquí, cada invierno, y de relatos,
publicaciones científicas, y fotografías. Con todo este material su imaginación
pintó un cuadro.
Nos hizo mirar luego hacia otra pared, en la que había una serie de paisajes, vistos de diferentes maneras: en cada uno había la misma fila de pequeñas casas cercanas a una arboleda de pinos, excepto que la época del año, la hora del día y las condiciones del tiempo variaban. Más allá, en la misma pared se veía el mismo paraje sin casas, con sólo un claro, o un lago, y diferentes clases de árboles. Evidentemente, el artista se complacía en hacer un diferente arreglo de la naturaleza, y, en relación, de la vida de los seres humanos a ella adaptados. En todos sus cuadros construía y derrumbaba casas y pueblos, cambiaba el aspecto del lugar, cambiaba de sitio las montañas.
—Y
aquí tienen algunos bocetos para una obra inexistente sobre la vida
interplanetaria —señaló Tortsov otros diseños y acuarelas—. Para
realizarlos, el artista necesitó no sólo insagsnación sino fantasía.
—¿Cuál
es la diferencia entre una y otra? —preguntó un estudiante.
—La
imaginación crea cosas que pueden ser o suceder, en tanto que la fantasía
inventa cosas que no existen, que nunca han sido o que nunca serán. Y aun, ¿quién
sabe?, acaso puedan llegar a ser. Cuando la fantasía creó la Alfombra Mágica,
¿quién pudo pensar que un día podríamos volar a voluntad a través del
espacio? Tanto la imaginación como la fantasía son indispensables para un
pintor.
—¿Y
para un actor? —dijo Paul.
—¿Qué
cree usted? ¿Provee el dramaturgo de todo lo que el actor necesita saber sobre
la obra? ¿Puede usted, en un centenar de páginas, dar cuenta cabal de la vida
de sus personajes? ¿Nos da el autor, por ejemplo, detalles suficientes de lo
sucedido antes del principio de la acción? ¿Le deja a usted saber lo que
sucederá cuando la obra termine, o lo que ocurre tras las escenas? El
dramaturgo es, a menudo, exiguo en comentarios. En su texto, todo lo que se
puede encontrar será: Los mismos y Pedro, o bien, Sale Pedro. Pero
uno no puede surgir del aire, o desaparecer en él. Nosotros nunca creemos en
una acción tomada en general: él se levanta, pasea de arriba abajo,
agitado, ríe, muere. Hasta las características nos son dadas en forma lacónica,
tal como: Un joven de aspecto agradable. Fuma mucho. Difícilmente hay
aquí base suficiente para crear, entera, la imagen externa de este personaje,
sus modales, su manera de andar.
—¿Y
qué puede decirse de las líneas? ¿Es suficiente con aprenderlas?
—Lo
que se nos da ¿pinta el carácter de los personajes, da a usted todo el matiz
de sus pensamientos y sus sentimientos, de sus impulsos y sus actos?
“No.
Todo esto debe ser hecho más completa y profundamente por el actor. Y en este
proceso creativo, la imaginación le conduce.
La
lección fue interrumpida en este punto por la visita inesperada de un famoso
actor extranjero. Nos habló ampliamente de sus triunfos, y cuando se fue, el
Director comentó, con una sonrisa:
—Desde
luego exagera; pero una persona impresionable como él, cree realmente todo que
dice. Los actores estamos tan acostumbrados a adornar los hechos con detalles
que sacamos de nuestra propia imaginación, que llevamos el hábito a la vida
ordinaria. En ella, ciertamente, los detalles imaginarios son tan superfluos
como son necesarios en el teatro.
“Hablando
de un genio no puede decirse que miente: ve la realidad con ojos diferentes a
los nuestros. ¿Es justo culparle si su imaginación le hace llevar anteojos
rosa, azules, grises o negros?
“Admito
que yo mismo tengo que mentir muy a menudo, cuando como artista o como director,
tengo algo que ver con una obra o con una parte que no me atrae. En tal caso,
mis facultades creativas se paralizan. Debo encontrar algún estimulante, y así,
empiezo a decir a todos cuán interesado estoy en mi labor. Me siento obligado a
buscar empeñosamente todo lo que pueda ser interesante, y a exaltarlo. De esta
manera mi imaginación se siente espoleada. Si fuera yo solo en hacer este
esfuerzo, no podría realizarlo; pero trabajando con otros uno debe respaldar
sus propias mentiras. A menudo sucede que estas mismas pueden usarse como
material para un papel o una producción.
—Si
la imaginación tiene tal importancia para el actor —preguntó Paul tímidamente—
¿qué debe hacer si carece de ella?
—Debe desarrollarla —contestó el Director— o dejar el teatro. De otra manera caerá en manos de directores que suplirán esa falta con su propia imaginación, y él mismo llegaría a no ser nada más que un peón. ¿No les sería mejor apoyarse en la suya propia?
—Eso,
temo que es bien difícil —objeté.
—Todo
depende de la clase de imaginación que usted tenga —dijo el Director—.
Aquella que tiene de por sí iniciativa puede desarrollarse sin un esfuerzo
determinado, y trabajará invariablemente y sin cansarse, lo mismo esté usted
despierto que dormido. Hay la imaginación falta de iniciativa, pero es fácil
despertarla y mantenerla activa tan pronto como algo se le sugiere. La imaginación
que no responde a sugestiones presenta un problema más difícil, porque el
actor toma aquéllas de una manera sólo externa, formal. Y en tal caso, su
desarrollo es pesado y difícil, y hay poca esperanza de éxito a menos que el
actor haga un gran esfuerzo.
¿Tiene
iniciativa mi imaginación?
¿Responde
a las sugestiones? ¿Puede desarrollarse por sí misma?
No
me dejaban en paz estas preguntas. Ya por la noche, me encerré en mi habitación,
me instalé cómodamente en el sofá rodeándome de cojines, cerré los ojos, y
comencé a pensar improvisando. Pero mi atención se distraía con unas manchas
de color que cruzaban de continuo por mis párpados cerrados, y apagué las
luces suponiendo que causaban esa sensación.
¿En
qué debería pensar? Mi imaginación me mostró unos árboles, un gran bosque
de pinos mecidos suave y rítmicamente por la brisa. Me parecía aspirar el aire
fresco.
¿Por
qué.., en medio de esta calma... puedo oír el tictac de un reloj?
¡Me
quedé dormido!
Claro.
Me di cuenta de que no debía imaginar cosas sin propósito previo.
Así,
subí en un aeroplano, volando sobre las copas de los árboles, sobre los
campos, los ríos y las ciudades... Tic, tac, sigue marcando el reloj... ¿Quién
ronca? Yo no soy, de seguro... Me caí... He estado dormido mucho rato... El
reloj da las ocho...
Quedé
tan desconcertado por el fracaso de mis intentos para ejercitar mi imaginación
en casa, que así se lo dije al Director en nuestra lección de hoy.
—No
tuvo éxito porque cometió usted una serie de errores —me explicó—. En
primer lugar, forzó su imaginación en lugar de estimularla. Luego, trató de
pensar sin tener un sujeto interesante para ello. Su tercer error fue hacer
pasivos sus pensamientos. La actividad, en la imaginación, es de la mayor
importancia: primero es acción interna, luego se hace acción externa.
Hice
notar que en cierto sentido yo había estado activo, puesto que volaba, y a gran
velocidad.
—¿Cuando
usted va confortablemente reclinado en el asiento de un tren expreso, está
usted activo? —preguntó el Director—. El maquinista trabaja, pero el
pasajero es pasivo. Desde luego, si usted se ocupa de algo interesante, de algún
asunto importante, si conversa o discute, o escribe un reporte, estando en el
tren, entonces sí podría decir, con fundamento, que hay acción. En ese vuelo
en aeroplano, el piloto trabajaba, pero usted no hacía nada. Podría decir que
estaba activo si se hubiera ocupado de los controles, o de tomar fotografías
topográficas.
“Quizás
puedo también explicarle esto recurriendo al juego favorito de mi sobrinita.
“¿Qué
haces?”, me pregunta.
“Bebo
el té”, le contesto.
“Pero”,
dice ella, “si fuera aceite purgante, ¿cómo lo beberías?”
“Entonces
me obligo a recordar el sabor del aceite, y a mostrarle el asco que siento, y
cuando lo logro, la niña rompe a reír.
¿Dónde
estás sentado?
“En
una silla”, le replico.
“Pero
si estuvieras sentado sobre una estufa caliente, ¿qué harías?”
“Me
obligo a pensar en la estufa ardiendo, y trato de ver cómo salvarme de morir
achicharrado. Cuando lo logro, la niña se lamenta, y exclama: “No quiero
jugar más” Si yo insistiera, ella terminaría por echarse a llorar. ¿Por qué
no piensa usted en un juego semejante como ejercicio para despertar su
actividad?”
Le
interrumpí haciendo ver que eso era algo elemental, y pidiéndole me dijera cómo
desarrollar la imaginación de otra manera más ingeniosa.
—No
se precipite —dijo él— Ya habrá tiempo de sobra. Ahora sólo necesitamos
ejercicios que se relacionen con las cosas simples que nos rodean.
“Tome
usted, por ejemplo, nuestra clase, aquí mismo. Este es un hecho real. Supóngase
que cuanto le rodea, y el maestro y los estudiantes, permanecen igual, como están.
Ahora, con el mágico si me coloco por mí mismo en el plano de lo
imaginario, cambiando nada más que una circunstancia: la hora del día.
Digamos, no son las tres de la tarde sino las tres de la madrugada.
“Use
su imaginación para justificar que una lección dure hasta tan tarde, y de esta
sencilla circunstancia se deducirá toda una serie de consecuencias. En casa, su
familia estará inquieta por usted. No hay teléfono y no puede avisarles. Otro
estudiante no podrá asistir a la fiesta donde le esperaban. Un tercero vive en
las afueras y no tiene idea de cómo llegará a casa, pues los trenes ya no
corren a esta hora.
“Todo
esto trae consigo cambios externos tanto como internos, y da un tono diferente a
lo que usted tenga que hacer.
“O
intente tomar otro ángulo:
“La
hora del día es la misma: las tres de la tarde. Pero suponga que la época del
año es la que cambiado: en lugar de invierno, es primavera. El aire es diáfano,
y afuera hace calor hasta en la sombra.
“Ya
le veo sonreír. Después de la clase tendrá tiempo de pasear. Decida lo que
intenta hacer, justifique su decisión con las suposiciones necesarias, y también
ahora tendrá fundamento bastante para un ejercicio.
“Esto
es nada más que uno de los innumerables ejemplos de cómo usted puede
aprovechar sus facultades internas para cambiar las cosas materiales con las que
se relaciona. No trate de desentenderse de ellas. Al contrario, inclúyalas en
su vida imaginaria.
“Esta
clase de transformación tiene un lugar efectivo en nuestros más comunes y
familiares ejercicios. Podemos usar sillas ordinarias para lograr cualquier cosa
que la imaginación de un autor o un director nos exija: casas, manzanas enteras
de ellas, barcos, árboles. No importa que encontremos increíble que esta silla
es sólo eso, un objeto particular, porque aun sin esa creencia podremos obtener
la sensación que despierta.
3
—Hasta
ahora —dijo el Director al comenzar la clase hoy— nuestros ejercicios para
el desarrollo de la imaginación han tenido, en mayor o menor grado, relación
con hechos materiales, como los muebles, o con realidades de la vida, como las
estaciones. Ahora voy a transferir nuestro trabajo a un plano diferente.
Prescindamos del tiempo, el lugar y la acción hasta donde a sus accesorios
externos se refiere, y ustedes harán todo trabajando directamente con su
intelecto. Ahora —preguntó dirigiéndose a mí—, ¿dónde querría usted
estar, y a qué hora?
—En
mi cuarto, y de noche— contesté.
—Bien.
Si yo en su lugar me llegara cerca de la casa, me sería necesario ir hasta
ella, subir los escalones exteriores, llamar a la puerta, pasar por ella, y en
suma, toda una serie de actos que me llevaran a estar en mi propio cuarto.
“¿Ve
usted el picaporte? ¿Siente que da vuelta? ¿Cede la puerta abriéndose? Ahora,
¿qué hay frente a usted?
—Precisamente
frente a mí, el armario y un buró.
—¿Qué
ve a su izquierda?
—El
sofá y la mesa.
—Camine
de un lado a otro; viva en su cuarto. ¿En qué está pensando?
—Encontré
una carta que recuerdo no haber contestado, y no sé qué hacer.
—Evidentemente,
usted está en su cuarto —declaró Tortsov—. Ahora, ¿qué va usted a
hacer?
—Depende
de la hora —dije.
—Eso
—dijo él aprobando— es una observación razonable. Digamos que son las once
de la noche.
—La
mejor hora —repuse—. Todos en la casa duermen ya.
—¿Precisamente,
por qué —preguntó— quiere usted que haya quietud?
—Para
convencerme de que soy un actor, un trágico.
—Está
muy mal que quiera emplear su tiempo en tan pobre propósito. ¿Cómo piensa
convencerse de ello?
—Actuando,
sólo para mí, algún papel trágico.
—¿Cuál
papel? ¿Otelo?
—¡Oh,
no! —exclamé—. No podría actuar Otelo en mi cuarto, donde cada rincón
produce asociaciones y me vería llevado simplemente a reproducir lo que ya hice
antes.
—Entonces,
¿qué va usted a actuar? —preguntó el Director.
No
contesté, porque no lo habla decidido. El preguntó entonces:
—¿Qué
hace usted ahora?
—Busco
por todo el cuarto. Quizás algún objeto, una cosa cualquiera que me sugiera un
tema creativo.
—Bueno
—urgió él—. ¿Todavía no encuentra nada?
Empecé
a pensar en voz alta: “Atrás del armario hay un rincón oscuro, donde,
precisamente a la derecha, se encuentra un gancho del que una persona podría
colgarse. Si yo quisiera ahorcarme, ¿qué debería hacer?
—¿Sí?
—urgió el Director.
—Desde
luego, primero que nada, necesito encontrar alguna soga, o un cinturón, o algo
semejante.
—¿Qué
hace usted ahora?
—Voy
a ver en mis gavetas, en los anaqueles, y el armario, buscando aunque sea una
tira de paño.
—¿Y
no ve nada?
—Sí,
ya la tengo. Pero por desgracia el gancho no está suficientemente alto; mis
pies tocarían el suelo.
—Eso
es un inconveniente —convino el Director—. Busque otro gancho.
—No
hay ningún otro que pudiera sostenerme.
—Entonces
tal vez sea mejor que siga usted vivo, y se ocupe de algo más interesante y
menos emocionante.
—Agoté
mi imaginación —declaré.
—No
me sorprende —dijo-. Su trama no era lógica. Era lo más difícil llegar como
conclusión lógica al suicidio sólo porque usted considerara un cambio en su
actuación. Nada más razonable entonces que su imaginación quedase detenida al
hacerla trabajar partiendo de una premisa dudosa a una conclusión estúpida.
“No
obstante, este ejercicio ha constituido una demostración de un nuevo modo de
usar la imaginación en un lugar donde todo le era familiar a usted. Pero ¿qué
haría si fuese llamado a imaginar una vida no familiar?
“Suponga
usted que hace un viaje alrededor del mundo. Usted debe no pensar en ello en términos
generales o aproximados, o de algún modo, porque todos
estos términos no son propios del arte, sino que debe hacerlo con todos los
detalles requeridos para tan amplia empresa. Manténgase usted siempre en íntimo
contacto con la lógica y lo coherente. Esto le ayudará a mantener los sueños
insubstanciales y engañosos alejados de los hechos firmes y reales.
“Ahora
quiero explicarles cómo pueden aprovechar los ejercicios que hemos estado
haciendo, combinándolos de diversas maneras. Pueden decirse a sí mismos:
“Seré simple espectador atento a lo que la imaginación pinte para mí, sin
tomar parte entretanto en esa vida imaginaria”. O si deciden unirse a las
actividades de esta misma vida imaginaria, pueden mentalmente representarse sus
asociaciones, y luego volver a ser espectadores pasivos.
“Al
fin se cansarán de ser sólo observadores y querrán actuar. Entonces, como
participantes activos de la vida imaginaria, acabarán por no verse a si mismos,
sino sólo lo que les rodea, y a esto responderán en su interior, porque ya
son, realmente, parte de ello mismo.
4
Hoy
el Director inició sus explicaciones diciéndonos lo que debe hacerse siempre
cuando el Autor, el Director y los demás que colaboran en una producción,
desatienden cosas que necesitamos saber.
Debemos,
antes que nada, tener una ininterrumpida serie de circunstancias dadas en medio
de la cual se desarrolla nuestro ejercicio. En segundo lugar, debemos disponer
de una sólida línea de visiones internas en relación con esas circunstancias,
de manera que éstas queden ilustradas por nosotros. En todo momento,
estando en la escena, durante cada uno de los momentos en los que se desarrolla
la acción de la obra, debemos estar atentos tanto a las circunstancias externas
que nos rodean (el montaje material que constituye la producción) como a la
cadena de circunstancias internas que hemos imaginado por nosotros mismos para
ilustrar nuestras partes.
De
esos momentos deberá formarse una serie continuada de imágenes, algo como la
cinta de una película. Y en tanto que estemos actuando creativamente, esta película
deberá proyectarse dentro de nosotros mismos, en la pantalla de nuestra visión
interna, haciendo vivas las circunstancias en medio de las cuales nos movemos.
Además, estas imágenes internas, creando una disposición de ánimo
correlativa, despiertan emociones que nos mantienen siempre dentro de los límites
de la obra.
—En
cuanto a estas imágenes —prosiguió el Director— ¿es correcto decir que
las sentimos existir dentro de nosotros mismos? Poseemos la facultad de ver
cosas que no son, mediante su representación mental. Tomemos este candelero:
existe independientemente de mí. Lo miro, y tengo la sensación de que dirijo
hacia él lo que podría llamarse tacto visual. Ahora cierro los ojos, y veo,
otra vez, el candelero en la pantalla de mi visión interna.
“El
mismo proceso tiene lugar tratándose de los sonidos. Oímos ruidos imaginarios
con un oído interno, y aun percibimos las fuentes de estos sonidos, en la mayoría
de los casos siendo independientes de nosotros, existiendo fuera.
“Pueden
ustedes probar esto de diversos modos, como dar-se cuenta coherente de su vida
total en términos de imágenes grabadas en la memoria. Podrá parecer difícil;
pero creo que encontrarán que ese trabajo no es en realidad tan complicado como
parece.
—¿Por
qué es así? —preguntaron varios estudiantes.
—Porque,
no obstante que nuestros sentimientos y experiencias emocionales son variables e
inasequibles, lo que se ha visto es, puede decirse, más sustancial. Las imágenes
son mucho más firme y fácilmente fijas en la memoria visual, y pueden ser
reproducidas a voluntad.
—¿E1
problema es, entonces, cómo crear el cuadro general, por entero? —pregunté.
—Esa
cuestión —contestó el Director, levantándose— la discutiremos en nuestra
próxima clase.
5
—Hagamos
una película imaginaria —propuso el Director al entrar hoy. —Escogeré un
tema pasivo, porque éste necesitará más trabajo. No me interesa tanto la acción
en si misma cuanto la relación que establezcamos con aquél. Sugiero que usted,
Paul, viva la vida imaginaria de un árbol.
—Bien
—dijo Paul decidido— soy un roble viejísimo. Sin embargo, aunque lo diga,
no lo creo realmente.
—En
ese caso —sugirió el Director— por qué no se dice a sí mismo: “Yo soy
yo; pero si yo fuera un viejo roble, colocado en determinadas
condiciones, ¿qué haría?” Y decida dónde está usted: en un bosque, en un
prado, en lo alto de una montaña, .donde más le guste.
Paul
frunció el entrecejo, y finalmente decidió que estaba en una elevada planicie
cercana a los Alpes. A la izquierda, sobre una loma, se elevaba un castillo.
—¿Qué
ve usted en las cercanías? —preguntó el Director.
—Veo
un follaje espeso, que se agita y susurra.
—Ciertamente
—asintió Tortsov—. Allá arriba el viento debe soplar fuerte.
—En
mis ramas —continuó Paul— veo nidos de pájaros.
El
Director le incitó entonces a describir al detalle su imaginaria existencia de
roble.
Cuando
tocó el turno a Leo, hizo una elección desafortunada imaginándose ser una
casita, con un jardín, en un parque.
—¿Qué
ve usted? —preguntó el Director.
—El
parque —fue la respuesta.
—Pero
usted no puede ver a la vez el parque entero. Debe decidirse por algún sitio
del mismo. ¿Qué hay precisamente frente a usted?
—Una
cerca.
—¿Qué
clase de cerca? —Leo quedó callado, por lo que el Director prosiguió—: ¿De
qué está hecha esa cerca?
—¿Qué
material?... De hierro colado.
—Descríbala.
¿Qué forma tiene?
Leo
corrió su dedo alrededor de la mesa, durante un rato. Evidentemente, nada podía
pensar además de lo que había dicho.
—No
le entiendo. Debe usted hacer una descripción más clara.
Era
obvio que Leo no hacia ningún esfuerzo para activar su imaginación. Me
preguntaba qué provecho posible podía sacarse de ese pensar pasivo, y así lo
dije al Director.
—En
mi método de poner a trabajar la imaginación de un estudiante -explicó él—
hay ciertos puntos que deben hacerse notar. Si la imaginación está inactiva,
haga una pregunta sencilla. El estudiante tiene que contestarla, puesto que se
le ha interrogado. Si responde sin pensar en lo que dice, no acepto su
respuesta. Entonces, a fin de dar una contestación más satisfactoria, debe, o
bien activar su imaginación, o hacer más próximo el sujeto a su mente por
medio de un razonamiento lógico. El trabajo imaginativo es a menudo preparado y
dirigido de esta manera consciente, intelectual. El estudiante, entonces, ve
algo, sea en su memoria, sea en su imaginación: ciertas imágenes visuales
definidas se le presentan delante. Por un instante, vive como en su sueño.
Después, otra pregunta, y el proceso se repite. Así una tercera y una cuarta
vez manteniendo y prolongando ese instante hasta hacerlo algo aproximado al
cuadro general. Lo que más valor tiene de ello es que la ilusión ha sido
entresacada de las propias imágenes internas del estudiante. Una vez que esto
se ha logrado, él mismo puede repetirlo una, dos o más veces. Mientras más a
menudo lo haga, más profundamente grabará en su memoria las cosas, y más
profundamente las vivirá.
“Es
verdad que a veces tenemos que tratar con imaginaciones lentas y perezosas, que
no responden ni a las más simples sugestiones. Entonces sólo queda un recurso:
no solamente propongo una cuestión, sino que también sugiero la respuesta. Si
el estudiante puede aprovecharla, de allí partirá; si no, la cambiará
poniendo otra cosa en su lugar, y en cualquier caso se ha visto obligado a usar
su propia visión interna. Al fin, algo de una ilusoria existencia se ha creado,
aun si el material ha sido sólo en parte contribución del estudiante. El
resultado podrá no ser del todo satisfactorio, pero algo se habrá logrado.
“Antes
de este intento, el estudiante no tenía en todo caso imagen alguna en su visión
mental, o la tenía vaga, confusa; después de ese esfuerzo puede ver algo
definido, y aun vivo. El campo está preparado para que el maestro o el Director
hagan nueva siembra. Este es el lienzo en el que el cuadro va a ser pintado.
Además, el estudiante ha aprendido el método por el cual puede manejar su
imaginación y ocuparla con problemas que su propio intelecto le sugiera. Se
formará el hábito de luchar deliberadamente con la pasividad e inercia de su
imaginación, y eso es un gran paso hacia adelante.
6
Hoy
continuamos los ejercicios para desarrollar nuestra imaginación.
—En
nuestra última lección —dijo el Director a Paul— usted me dijo quién o
qué era, dónde estaba usted, y lo que veía, con su visión
interior. Ahora descríbame lo que su oído interno percibe, siendo usted un
imaginario y viejo roble.
Al
principio Paul no pudo oír nada.
—¿No
oye nada en el prado, a su alrededor?
Paul
dijo entonces que podía oír a las ovejas y las vacas masticar el pasto, el
cencerro de las reses y las charlas de las campesinas descansando de sus
labores.
—Ahora
dígame ¿cuándo sucede todo esto en su imaginación? —dijo Tortsov
interesado.
Paul
dijo que en tiempos del feudalismo.
—Entonces,
usted, como un viejo roble, ¿podrá percibir sonidos, ruidos característicos
de la época?
Paul
reflexionó un momento, y luego dijo que oía a un juglar errante, camino del
castillo vecino, donde se celebraría una fiesta.
—¿Por
qué está usted aislado en el campo?
Paul
respondió al Director dando la siguiente explicación:
Toda
la colina en la que se levantaba el solitario roble estaba antiguamente cubierta
por un espeso bosque. Pero el barón del castillo vecino estaba en constante
peligro de ataque, y temiendo que el bosque pudiera proteger el movimiento de
las fuerzas enemigas que en él podían esconderse, lo mandó talar. Sólo al
viejo y poderoso roble se le permitió quedar en pie. Esto, para que protegiera
un salto de agua que brotaba a su sombra, y que proveía del agua necesaria a
los rebaños del dueño del castillo.
—Hablando
en términos generales —observó el Director— esta cuestión: por qué
razón, es en extremo importante. Obliga a ustedes a definir el objeto de
sus meditaciones, sugiere el futuro, y les impulsa a la acción. Un árbol,
desde luego, no puede tener una finalidad activa; no obstante, puede tener
alguna significación activa, y puede servir a algún propósito.
Paul
intervino sugiriendo:
—El
roble es el punto más elevado de la vecindad. Por ello, sirve como lugar de
observación; es una protección en caso de ataque.
—Ahora
—dijo entonces el Director— que su imaginación gradualmente ha acumulado
una cantidad suficiente de circunstancias dadas, comparemos todo esto con el
principio de esta parte del trabajo: primero todo lo que usted podía pensar fue
que era un roble que se levantaba en un prado. Su visión interna estaba llena
de generalidades, nublada como un negativo mal revelado. Ahora puede usted
sentir la tierra bajo sus raíces. Pero está privado de la acción necesaria
para la escena. Por lo tanto, hay que dar un paso más: debe encontrar alguna
nueva circunstancia que le incite emocionalmente y le impulse a la acción.
Paul
se esforzó en conseguirlo, pero no pudo pensar en nada.
—En
ese caso —agregó el Director— tratemos de resolver el problema
indirectamente. Primero, dígame a qué es más sensible en la vida real. ¿Qué
cosa, más a menudo y más que ninguna otra, despierta sus sentimientos, su
temor o su alegría? Le pregunto esto completamente aparte del tema de su vida
imaginaria. Cuando usted conoce las inclinaciones de su propia naturaleza, no es
difícil adaptarlas a circunstancias imaginarias. Nombre usted algún rasgo, una
cualidad, un interés, que sea típico en usted.
—Me
produce verdadera emoción cualquier clase de pelea —repuso Paul luego de una
breve reflexión.
—En
ese caso, una incursión enemiga es lo que necesitamos. Las fuerzas enemigas del
ducado vecino están ya trepando por la colina en que usted se levanta. La lucha
comenzará ahora en cualquier momento. Sobre usted lloverán flechas de los
arqueros enemigos, y algunas le serán arrojadas ardiendo. Fíjese ahora, y
decida, antes que sea demasiado tarde, ¿qué haría si esto realmente le
sucediera?
Paul
no pudo hacer más que turbarse íntimamente, incapaz de hacer nada. Finalmente
exclamó:
—¿Qué
puede hacer un árbol para salvarse, estando fuertemente arraigado al suelo, sin
poder moverse?
—Para
mí, su agitación, su esfuerzo, es suficiente —dijo el Director con
satisfacción evidente—. Ese problema particular es irresoluble, y no se puede
culpar a usted si el tema no tiene acción en si.
—¿Entonces
por qué lo propuso usted?
—Sólo
para probarles que aun un tema pasivo puede producir un estímulo interno y una
incitación, un reto a la acción. Este es un ejemplo de cómo todos nuestros
ejercicios, para desarrollar la imaginación, les enseñan a preparar el
material, las imágenes internas, para su propio rol.
7
Al
comenzar la lección de hoy, el Director hizo algunas consideraciones sobre el
valor de la imaginación, que refresca y repule algo que el actor ya ha
preparado y utilizado.
Nos
demostró cómo introducir una nueva suposición en nuestro ejercicio sobre el
loco detrás de la puerta, con un cambio completo de orientación.
—¡Adáptense
a las nuevas condiciones, presten atención a lo que éstas les sugieran, y actúen!
Y
actuamos con tales ánimos y emoción tan verdadera, que fuimos felicitados.
El
final de la lección fue dedicado a resumir todo lo ya realizado.
—Cada
invención, producto de la imaginación del actor, debe ser completamente
trabajada y firmemente construida sobre la base de los hechos. Debe poder
responder a toda cuestión (cuándo, dónde, por qué y cómo) que el actor se
proponga por sí cuando va llevando sus facultades de inventiva hasta hacer cada
vez más definido el cuadro de su existencia imaginaria. Algunas veces no será
necesario todo este esfuerzo consciente e intelectual. Su imaginación puede
trabajar intuitivamente. Pero han podido ver ustedes por sí mismos que no se
puede contar con esto, porque imaginar sólo en general, sin un tema bien
definido y totalmente establecido, es una labor estéril.
“Por
otra parte, llegar a la imaginación de una manera consciente y razonada, a
menudo produce sólo un falso presentimiento de la vida, falto de vitalidad.
Esto no cuenta para el teatro. Nuestro arte demanda del actor que toda su
naturaleza intervenga activamente, que se entregue, en cuerpo y alma, a su
parte. Debe sentir el impulso a la acción tanto física como
intelectualmente porque la imaginación, que no tiene sustancia corpórea,
puede afectar de manera refleja nuestra naturaleza física y hacerla actuar.
Esta facultad es de la mayor importancia en nuestra técnica de la emoción.
“Por
lo tanto: Todos y cada uno de los movimientos que ustedes hacen en la escena,
cada palabra que dicen, son el resultado directo de la vida normal de su
imaginación. Si ustedes dicen líneas o hacen algo mecánicamente, sin
tener cuenta cabal de quiénes son, de dónde han venido, por qué, qué
quieren, a dónde van y qué harán cuando lo consigan, estarán actuando sin
imaginación. Y durante ese tiempo, corto o largo, estarán ustedes faltos de
realidad, y no serán nada más que máquinas a las que se les ha dado cuerda:
autómatas.
“Si
ahora les hago una pregunta perfectamente sencilla:
“¿Hace
frío hoy?”, antes de contestar, aunque sólo fuera sí o no hace frío
o no me he dado cuenta, deberían ustedes, en su imaginación, volver
a la calle y recordar cómo caminaban por ella, deberían probar sus sensaciones
recordando cómo iba vestida la gente que encontraron, si traían cuellos
volteados hacia arriba, cómo la nieve crujía bajo sus pies, y solamente
entonces podrán ustedes contestar mi pregunta.
“Si se ciñen estrictamente a esta regla en sus ejercicios no importa a qué parte de nuestro programa pertenezcan éstos, se encontrarán con que su imaginación se desarrolla y fortalece.